J. M. CARBAJAL
Me quito el sombrero ante el presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, por pararle los pies -aunque sin balón de por medio- al siempre parlanchín independentista señor Laporta, para más inri máximo responsable del todopoderoso FC Barcelona. Hizo el regionalista cántabro lo que no han logrado otros políticos de muchísima mayor aureola -léase socialistas o populares, con bancada en el Congreso de los Diputados- ante las constantes lindezas largadas, un día sí y otro también, por ese dirigente blaugrana que, dicen las malas lenguas, aspira a ser el Obama blanco.
Tiene toda la razón Revilla cuando elogia el fútbol que practica el conjunto que dirige Pep Guardiola, un juego que enamora a los exquisitos amantes del balompié, a los de aquí y a los de allá; algo idéntico, ese fervor, a lo acontecido con la «roja» en el reciente Campeonato de Europa, en aquella oportunidad con el Sabio de Hortaleza al mando del plantel. Fútbol de muchos quilates, gracias a ese grupo de pequeños orfebres moviendo con soltura el esférico, liderados por Iniesta, Xavi? Un juego de alta escuela, para enmarcar.
Una cosa es el reconocimiento notorio al excelente momento que atraviesa el equipo del Camp Nou, aplaudido desde todos los puntos cardinales de este país llamado España, y otra bien distinta es mezclar la política con el deporte, como le gusta, de un tiempo a esta parte, al ambicioso dirigente del Barça. No es «catalanofobia» lo que siento, pero sí tremendas náuseas ante la terquedad de un político, digamos, disfrazado de presidente -y no al revés- de uno de los clubes más importantes del mundo.
El fútbol vuelve a ser, una vez más, el trampolín elegido para acceder a la política pura y dura. Un ejemplo claro es el del señor Laporta, quien aspira a la independencia de Cataluña, agarrado de la mano de «su» FC Barcelona. Siento pena, cuando le ponen delante la «alcachofa», como presidente azulgrana, para verborrear asuntos en clave política con esa sonrisa, llena de cinismo, tipo Profidén. Ya no le llena el fútbol, ahora se atiborra de politiqueo usando de plataforma al club culé. ¡Manda huevos!, que diría Trillo.
Hasta cierto punto comprendo el recibimiento a la selección nacional española de basket este lunes pasado en Madrid, después de conquistar el oro en el Europeo. Los Pau, Marc, Rudy, Ricky, Navarro? agasajados por cientos de aficionados de este país, en la capital del reino de España, en la villa del oso y del madroño. Algo que sería inconcebible, hoy en día, en cualquier ciudad catalana, donde las minorías radicales parecen avasallar a todo lo que se mueva en torno a la «roja» y pese al notable número de jugadores catalanes que lucen con orgullo y satisfacción esa elástica.
Por todo ello, me congratulo con la posición adoptada por el presidente Miguel Ángel Revilla, quien le ha dicho a la cara a Laporta lo que otros muchos dirigentes del mundo del fútbol no se han atrevido a decirle. Eso sí, cada vez comprendo más el porqué el eterno rival del Barça suma más adeptos fuera de la comunidad autónoma de Cataluña. Quizá se deba a su clase dirigente o, al contrario, por su saber estar. Insisto, tristeza me da que un presidente del Barcelona utilice para su ego político propio a uno de los clubes más laureados a nivel internacional.
Nunca el fumarse un buen habano, elaborado en Cuba, ha merecido tanta placidez. Sí, sí? la famosa cita de La Franca (Ribadedeva) que estuvo a punto de desencadenar una turbulencia otoñal entre el cántabro Revilla y el independentista Laporta. En medio de la discusión, la unidad de este país, al que una minoría no le gusta que se le llame España. El round, sin cuadrilátero, se lo apuntó por aplastante mayoría el regionalista de Cantabria. El mismo que le canta las cuarenta a quien sea, por muy mandatario del FC Barcelona que se le ponga por delante. ¡Olé sus bemoles, señor Revilla!