JAVIER MORÁN
Unos sucesos que se vienen prolongando en el tiempo constituyen una de las noticias más inquietantes de los últimos tiempos. Acaba de suicidarse el trabajador número 24 de la empresa France Telecom. La extraña sucesión de retiradas voluntarias de la vida en la empresa gala comenzó hace año y medio, y desde entonces se ha mantenido con una cadencia implacable. Pese a todo, la estadística, siempre traicionera, viene en auxilio de este extraño acaecimiento. En France Telecom trabajan 100.000 personas, de modo que un directivo despiadado podría decir: «¿A qué viene tanto revuelo? Nuestro índice de suicidios es tan sólo del 0,024 por ciento?».
Dejemos el humor negro, que utilizamos únicamente por la distancia entre nuestras circunstancias y el lugar de los hechos, y bajo el supuesto de que quitarse de en medio es un acto dependiente de lo más profundo e inasequible de la mente humana.
Hace tiempo que considerábamos aquí que una de las diferencias entre el temible crack de 1929 y lo que ahora está pasando era que tras los cristales de alegres ventanales que habían visto pasar los felices años 20 se apostaron buen número de financieros que dieron un paso al vacío. Sucedió el jueves negro, el 24 de octubre de 1929, y se repitió al martes siguiente, también muy oscuro. Dicen las crónicas que al menos once famosos especuladores se habían dado muerte antes del mediodía de aquel jueves. Una cifra estadísticamente insignificante, pero en un lugar tan grande como Manhattan algunas de aquellas caídas al vacío eran observadas por miles de neoyorquinos. Incluso sucedió que una multitud se agolpó bajo un obrero que estaba subido a la viga de un rascacielos en construcción y unos a otros se decían: «A ver cuándo se tira éste».
Y segunda diferencia de 1929 con 2009: los especuladores de entonces se mataban con el chaleco puesto; en la crisis del presente sobreviven con el riñón bien cubierto. En cuanto a los trabajadores franceses, guardamos ahora un respetuoso silencio.