Un periódico madrileño, especializado en confidencias tenebrosas, se ha hecho eco de la amenaza que un supuesto brujo español ha lanzado contra el Real Madrid advirtiéndole de que hará prácticas de vudú contra la figura de Cristiano Ronaldo para que se lesione y no pueda alcanzar el rendimiento deportivo que se espera de él, dado el alto precio de su fichaje. Según manifestó el propio brujo, la lesión que acecha al jugador portugués no será grave (fractura de tibia y peroné, rotura del ligamento cruzado de la rodilla...), pero sí le impedirá jugar con asiduidad, lo que apunta a algún tipo de dolencia muscular insidiosa y de problemática curación. Sin descartar, por supuesto, el mal influjo del «microbio de discoteca», esa afección que suele aquejar a casi todos los futbolistas que ficha don Florentino Pérez.
La amenaza del brujo tiene antecedentes, porque ya en los años 2003 y 2006 hizo declaraciones parecidas y los resultados para el equipo blanco fueron funestos. Los redactores del periódico especializado en confidencias tenebrosas nos explican que la actuación del brujo es meramente profesional (alguien ha pagado por sus servicios) y no está movida por el rencor, ni por el deseo de venganza contra la entidad ni contra su presidente. La noticia parece una broma de mal gusto urdida por gente que conoce las especiales relaciones entre la superstición y el fútbol.
Un brujo haciendo prácticas de vudú con las fotos de Cristiano Ronaldo y clavando agujas sobre un muñequito que represente su figura parece excentricidad. Si alguien quisiera lesionarlo, o mermar su rendimiento, no tendría más que ofrecer una buena recompensa a un jugador especializado en ese tipo de prácticas. O contratar a una señorita de irresistibles encantos, como aquellas vampiresas de las películas de espías.
Todos los aficionados al fútbol sabemos que los jugadores, los entrenadores y los presidentes son supersticiosos en mayor o menor medida. Sobre todo los porteros, que son algo así como los guardianes del infierno («cancerbero» se llamó al perro que estaba a su puerta) y del paraíso. El legendario Ricardo Zamora colocaba siempre un muñeco en la base del poste de su portería y usaba una gorra de maquinista de tren; Iribar vestía de negro; Arconada cambiaba el color de su jersey cuando perdía y llevaba medias blancas; Cañizares colgaba una toalla roja de la red; René Higuita, aquel excéntrico colombiano, usaba el mismo calzoncillo azul invariablemente, y Casillas se cortó las mangas cuando se hizo titular y así sigue. Pero los entrenadores no son menos maniáticos. Luis Aragonés, por ejemplo, repudia el color amarillo, lo que teniendo en cuenta el color de la bandera española le debió de suponer un sufrimiento añadido cuando fue seleccionador nacional. El argentino Carlos Bilardo lleva siempre consigo una imagen de la Virgen de su devoción, hace ir a los futbolistas al campo en taxi en vez de en autobús y cree en el buen influjo de las recién casadas. Durante una concentración en un hotel hizo que sus jugadores fueran de uno en uno a felicitar a una novia. Al día siguiente le ganaron a Brasil.
Y los presidentes tampoco escapan a esa prácticas supersticiosas. Ramón Mendoza, cuando dirigía al Real Madrid, ordenaba plantar ajos en el césped, y usaba siempre el mismo traje y la misma ropa interior durante los partidos importantes. El coruñés Lendoiro tenía predilección por un determinado abrigo azul y ahora permite que mojen con agua bendita las porterías.
Manías.