PACO G.
REDONDO
PROFESOR DE GEOGRAFÍA E HISTORIA
Las elecciones celebradas este fin de semana en Alemania y Portugal tenían el interés añadido de conocer la evolución del electorado europeo tras la intensa recesión económica, y particularmente del experimento de la gran coalición germana entre la CDU cristianodemócrata y el SPD socialdemócrata. Ambos han retrocedido, el SPD hasta el 23 por ciento, víctimas del divorcio entre sus dichos y sus hechos.
No se trata de un caso aislado, pues aunque el Partido Socialista ha vuelto a ganar en Portugal, lo ha hecho perdiendo 9 puntos y la mayoría absoluta, en tanto el laborismo de Gordon Brown en el RU también cae en picado en las encuestas. Y resultan ser Angela Merkel y el francés Sarkozy quienes quieren implantar controles financieros que Brown rechaza. En la reunión del G-20, mucho ruido y pocas nueces: discursos y fotos, pero sin medidas concretas.
Lo liberal siempre ha tenido buena prensa en lo político, como sinónimo de libertades, democracia, derechos, reformas y progresismo, y mala fama en lo económico, tachado de desigual, injusto, explotador y conservador. Su peor momento fue en los años treinta y cuarenta, culpabilizado de la crisis del 29 por las dictaduras marxistas y fascistas; para ellos las libertades políticas eran formalidades que se podían obviar en beneficio del partido-institución e hipocresías económicas a superar por el Estado totalizador.
Si las crisis económicas de los setenta significaron el hundimiento de los partidos comunistas en Europa Occidental, apegados a dogmas fracasados, la actual recesión está siendo un duro golpe para los partidos socialistas, que pretender ser al mismo tiempo antisistema y los mejores gestores del sistema. Al menos mientras no planteen una alternativa reformista eficaz, más allá del mero somos mejores porque gastamos más y nos endeudamos más.
Otro concepto que resurge es el de «centro», criticado por ambiguo y vacío, y, sin embargo, la izquierda para atraer votos se postula de centro-izquierda, y la derecha para hacerse más atractiva se llama de centro-derecha. Esta vez la crisis económica no está siendo caldo de cultivo para ensayos de caudillos populistas (salvo en Latinoamérica chavista), sino espejo de defectos.
La gran excepción es España, donde tras el hundimiento del CDS de Adolfo Suárez no hay un partido de centro nacional, liberal y progresista, y al bipartidismo de los caciques regionales y congresos a la Búlgara, se lastra el chantaje nacionalista periférico, al que se ha sumado el PSC catalán con su Estatut de privilegios, de que hay que invertir más en las regiones más ricas, por ser más ricas.
Ya José predijo en la Biblia los ciclos (vacas gordas y vacas flacas). Ahora el presupuesto para Asturias en 2010 prevé una disminución de la inversión de casi el 10%, superior a la media. Pero más que cortinas de humo y barra libre para abortar, el resurgir liberal deben ser contenidos: regeneración democrática y división de poderes, y libre comercio y servicios públicos, frente a taifas y barreras regionales. O sea, racionalización del Estado autonómico.