ALBERTO DEL RÍO LEGAZPI
Los diversos nombres que a lo largo del tiempo han tenido las calles céntricas de Avilés son, generalmente, un reflejo del tiempo histórico español.
La ciudad ha sido tan rigurosa a la hora de colocar en paralelo su callejero con los acontecimientos sociopolíticos nacionales que muchos, estudiosos y curiosos, acaban hasta el moño de tanta nomenclatura alterada y trastornada, que ha hecho que haya calles que cambiaron hasta cinco veces de nombre.
En Avilés (en cuyo centro y radiales hay 238 calles, 16 avenidas, 22 plazas, 11 travesías, 22 caminos, 3 callejas y 1 pasaje) el asunto de los nombres viarios es conflictivo y se suele llevar a extremos donde se calienta peligrosamente y pone al personal al borde de un ataque de nervios.
Por ejemplo, cuando, en 1982, el Ayuntamiento quiso cambiar el nombre a una calle transversal de La Cámara (bautizado ya por la gente como «De Los Cuernos») para «dignificarla» con el nombre de Alfonso VII, monarca castellano que refrendó el Fuero medieval de Avilés. La medida originó un pifostio cuyo reflejo, en la prensa de entonces, fue una encendida soflama rimada por José Martín Fernández y que titulada «Alfonso VII» llamaba, casi, a la insurrección callejera: «Nombre que han querido dar / a una estrecha travesía. / No hay avilesino hoy día / que la quiera así llamar, / pues, lector, como sabrás / hay nombres que son eternos / y calleja de los cuernos? / ¡será por siempre jamás!». Un encabronado asunto callejero, como ven.
Pero Avilés también fue, en trances de este tipo, ejemplo de pintorescos comportamientos. Como aquel del que hizo gala el popular poeta local, apodado «Marcos del Torniello» quien, con ocasión de concedérsele a una calle su nombre, dio a las autoridades las gracias, armonizadas de esta guisa: «Con este calor que fai / azúmbame la pellella, / con este guirigay / d'honráme con una cai / sobrándome una calella».
Tuve yo un conocido empeñado en que Avilés se internacionalizara en función de ponerle el nombre de una calle a su idolatrada Maria Callas, y se pasó una temporada mandando cartas a los periódicos, razonando que si Avilés era la Atenas de Asturias, que menos que dedicarle una calle a la gran diva de la ópera. La cosa acarreo las consiguientes dosis de coña, cuando le preguntábamos, con sorna: ¿Calle Callas? Y él contestaba iracundo: ¡Cállate! Y reventábamos a carcajadas.
Lo cierto es que aquel asunto de insistir en la Callas para ponerle una calle fue un verdadero callo. No cayó nada bien.
Y ya me callo.
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