ALICIA ÁLVAREZ
¿Por qué será que se suele recordar a la perfección el nombre y apellidos de los compañeros del colegio? Debe de ser que forman parte de una memoria incorruptible; una pequeña cajita fuerte en nuestra cabeza que atesora nuestras primeras vivencias y que a medida que van pasando los años empieza a filtrar recuerdos. Porque la verdad, no deja de sorprenderme que a día de hoy yo sea capaz de decir de corrido la lista de mi clase de 5.º de EGB y a la vez, totalmente incapaz de memorizar el teléfono fijo de mi casa.
Y es que no sólo recuerdo sus nombres. A ellos acompañan cicatrices, manchas de nacimiento y caras perfectamente definidas. Recuerdo a Angelín, cuyo talante no hacía precisamente honor a su nombre; a Paula, Lucía, Beatriz y Silvia, que siempre iban juntas; a Lorena, que durante años ganó el maratón anual del cole; a Santiago, mirando avergonzado tras sus enormes gafas cómo Mirna le cantaba en el centro de la clase «si tú eres mi hombre y yo tu mujer», y a mi grupo de amigas, apodadas «las Álvarez», porque desde primaria hasta octavo de EGB fuimos seguidas en la lista de la clase.
Los recuerdo a ellos y a los profesores, claro. Sus nombres y a veces sus apodos. Pero sobre todo, y así te lo solían comunicar los alumnos de cursos anteriores, si eran «profesores hueso» o «profesores enrollados».
Y de esos últimos, al menos en mi vida escolar, hubo unos cuantos. Eran por norma profesores más jóvenes, y si no de edad, lo eran de mentalidad. De esos que hablaban contigo sin necesitar el marco del aula. De esos que te veían más allá del mandilón en Primaria, del acné rebelde en Secundaria y de las gafas de sol en la Universidad. Eran profesores cercanos, accesibles, a los que no temías preguntar, ante los que no te daba vergüenza admitir que no lo habías entendido. Y sólo ésos eran los que conseguían trasformar tu gusto por determinadas materias en verdadera devoción.
Por eso, porque hubo unos cuantos y fueron pieza clave en mi formación, me cuesta entender que la Comunidad de Madrid proponga volver a poner tarimas en las aulas o dotar a los educadores con el rango autoridad pública como fórmula para restaurar la autoridad del profesor. Como si el respeto se pudiese imponer a base de distancia. Como si el respeto fuera un sentimiento unilateral. Como si el respeto se pudiese imponer en vez de ganar.
El otro día Beatriz Quirós, profesora y miembro del Consejo Escolar del Estado, me dijo en una entrevista que cada vez era más difícil enseñar, y no dudo que así sea, simplemente me pregunto si ahora también será más difícil aprender. Porque si algo tengo claro es que la educación no es posible sin comunicación, y eso es cosa de dos: el alumno y el profesor.