JAVIER MORÁN
Se acercan las Noches Blancas de Asturias, que se encenderán en Gijón, Avilés y Oviedo el próximo sábado, con museos y galerías de arte abiertos de madrugada, y con concierto en varios puntos estratégicos. Esto lo ha programado el Gobierno del Principado para calentar bielas a ver si se logra la candidatura a la Capital Cultural Europea 2016.
El fin nos parece muy noble e interesante -una capital polinuclear, metropolitana, ¡guau!-, pero del medio desconfiamos. Habrá que ver si vale con copiar La Noche en Blanco de Madrid, ciudad cuya masa crítica de turistas en todo tiempo, o de habitantes que no pisan el Prado desde hace diez años, favorece que estas cosas culturales obtengan suficiente éxito.
Queremos decir que los gobiernos locales y regionales se copian unos a otros como campeones, ya que, en definitiva, el apoltronamiento es el don más extendido entre nuestros repúblicos.
No obstante, a las Noches Blancas de Asturias hay que reconocerles una gran virtud a priori: debe de ser una de las pocas veces que las tres ciudades van de la mano para algo (excluida la recogida de basuras en el vertedero central o el suministro de aguas de Cadasa).
Increíble: tres ciudades metidas en esto sin agarradas localistas -por ahora-, y sin que el alcalde ovetense, Gabino de Lorenzo, haya saltado ya como un puma diciendo que eso de la Capital Cultural conjunta es un timo porque aquí la única capital es Oviedo.
Pero no vamos a adelantar acontecimientos, ni sobre la congregación o disgregación de las ciudades asturianas, ni sobre el éxito o fracaso de las Noches Blancas del Principado.
Por ahora, sólo nos hemos preguntado por el origen de esta expresión y nos han dado un verso del ruso Pushkin -al que tradujo al bable nuestro Fico Fierro-, referido al solsticio de verano en San Petersburgo, cuando sus habitantes se echan a la calle con nocturnidad y relajo: «Un crepúsculo persigue al otro y la noche no dura más de una hora».