LUIS M. ALONSO
Nuestros políticos hablan mucho del tiempo. Y cuando no hablan, los recordamos por ello. Me refiero, por ejemplo, al largo tiempo que pasa desde que llegan a un cargo hasta que por fin lo dejan después de no haber resuelto un solo asunto de los que nos afectan. O al tiempo que hace que, por ese mismo motivo, nos gustaría haberlos perdido de vista.
Lo mismo que se benefician de los años bobos a cuenta del contribuyente, nuestros políticos también son víctimas de sus tiempos: es decir, del tiempo que les lleva tomar una decisión sin haberse dado cuenta primero de que lo suyo era haberlo hecho ya.
La secretaria popular, María Dolores de Cospedal, después de un primer arrebato, ha decidido encomendarse al tiempo para que Francisco Camps resuelva, dentro del suyo y en cómodos plazos, lo que va a hacer con el circo que tiene montado en la Comunidad Valenciana. La idea de asumir la culpa política del «caso Gürtel» cortando una o dos cabezas parece a simple vista y desde el punto de la ética insuficiente, teniendo en cuenta el cariz del escándalo: la financiación irregular del partido. Ahora bien, es cierto que existen precedentes de que las cabezas que van quedando por el camino son un eficaz cortafuegos para evitar males mayores antes de pasar a la justicia. Así ocurrió con Filesa, no sé si se acuerdan, y en algunos casos más.
La primera conclusión que nos brinda esta traca fallera después de las Fallas es que a nuestros políticos lo que realmente les corroe son las consecuencias de que les hayan pillado con el carrito del helado, no el delito de la financiación ilegal a cambio de adudicaciones. Y lo peor de todo es que el resto de los ciudadanos, de tanto asistir al espectáculo de la corrupción, acabemos por entender que su comportamiento no sólo es humano, sino también lógico por motivos de supervivencia. Esa es la primera conclusión, pero vendrán otras. Todo a su tiempo, como dice Cospedal.