LUIS M. ALONSO
El Museo de Avilés, en obras, dispone de 500 metros repartidos creo que en tres plantas. Su superficie equivale a poco más del doble del ático que ocupó hasta no hace demasiado el ex ministro de Justicia Mariano Bermejo.
En Asturias -y es posible que en otros lugares del mundo- no hay nada tan pequeño a lo que se pueda llamar museo, por eso cuando ya hace años que se anunció que se iba a construir, lo primero que la gente hizo fue bautizarlo como «el Museín». La ocurrencia sentó mal a los promotores, la alcaldesa, los concejales y hasta en el Principado. Supongo yo que, siendo tan avispados como son para algunas cosas, verían un menoscabo en el diminutivo asturiano.
El quiosco más popular del Campo de San Francisco acabó conociéndose, gracias a la sabiduría ovetense, por el Escorialín, debido a lo diminuto que es y a los años que llevó construirlo. A nadie, que yo sepa, le cayó mal, ni entonces ni ahora, el gracejo cariñoso del apelativo.
En el caso del museo avilesino, al que le han dado una y mil vueltas, reiterado contenidos y demás, sorprende la tardanza desde que se anunció por primera vez. Sobre todo teniendo en cuenta su superficie mini. No quiero pensar lo que habría sucedido si a las autoridades municipales, tras tener a la ciudad años y años sin un solo museo, en vez de un museín se le hubiese ocurrido un museón.
Ahora, como gran novedad, aunque no estoy seguro siquiera de que lo sea, después de todo lo que se ha dicho, es que el dichoso museo va a contar con un mirador con vistas a la iglesia de los Padres. Y eso es lo que hay, por ahora, respecto al Museín-Escorialín de Avilés. Paciencia.