LADISLAO DE ARRIBA
Siento, como español, que los Juegos Olímpicos del 2016 no se celebren en el suelo patrio. Pero yo soy, además de español, vecino de Madrid, octogenario y persona de delicada salud. Teniendo en cuenta todo ello, me alegro un montón de que el evento se celebre allende los mares, con lo cómodamente que ahora se ven estas cosas en la televisión digital.
Existen razones de mucho peso para que el Comité Olímpico Internacional no haya votado a un país europeo sabiendo que serán en Londres los Juegos del 2012. Además, la delegación española lo hizo todo un poco pintoresca y castizamente (miles de botellas de vino y jamón pata negra). Brasil es un país con un potencial económico de alto, altísimo, nivel. Nosotros somos unos «pringaos» muy simpáticos, pero zánganos.
La belleza paisajística de Río de Janeiro es incuestionable. Madrid fue rebautizado por Camilo José Cela como un poblachón manchego con rascacielos.
El vecindario está harto de obras, zanjas, túneles, excavaciones y perforaciones que producen atascos en el tráfico, apagones de luz y suciedad. Los comerciantes de la llamada «milla de oro» no soportan más que polvo y suciedad que estropean sus escaparates de tanto «glamour».
Los usuarios del bus urbano se desesperan con los retrasos que provocan tráileres, grúas, portacontenedores y otros mastodónticos vehículos. Los vecinos sabemos que se iba a encarecer nuestra vida, como ocurrió en Barcelona después de su Olimpiada.
Tengo el pálpito de que yo no vería el aluvión de «guiris» con sus cámaras fotográficas y la banderita de sus respectivos países. Ni a las bandas de carteristas que iban a venir por aquello del río revuelto.
Me acabo de tomar un descafeinado para celebrarlo, aunque siento que pueda ser el fin de la carrera política de Gallardón. Así es la vida.