FRANCISCO PALACIOS
El primero de octubre de 1949 nacía la República Popular de China. Mao Zedong, indiscutible líder revolucionario, proclamaba en Pekín: «El pueblo chino se ha levantado». Desde 1911, era la primera vez que un Gobierno central unificado controlaba China, cuya situación no podía ser entonces más calamitosa. Muchas regiones habían padecido una incesante sangría humana y económica durante casi cuarenta años. Millones de personas habían sido desplazadas por la guerra. El país no contaba con ningún tipo de estructura administrativa, mientras que la economía estaba en ruinas y las comunicaciones gravemente deterioradas. Las escuelas y las universidades se hallaban en edificios ruinosos, sin apenas libros y con profesores mayoritariamente hostiles al nuevo régimen.
Una de las razones de la continuidad del sistema comunista es haber sabido encauzar en su favor arraigadas tradiciones chinas: el complejo modelo burocrático, la hostilidad del pueblo hacia el imperialismo occidental. Y, sobre todo, haber fusionado sus principios revolucionarios con el confucionismo, base de la cultura china desde la antigüedad; los valores confucianos favorecen el autoritarismo y la supeditación del individuo a la colectividad. Asimismo, los comunistas chinos aplicaron los métodos represivos de la Rusia soviética. En tal sentido, Mao reconocía que, en los cinco primeros años, habían sido ejecutados unos 800.000 «enemigos de la revolución». Una cifra considerada innegablemente baja por muchos estudiosos.
A raíz de la caída de la Unión Soviética y de los trágicos sucesos en la plaza de Tian Anmen, se creía que el régimen chino podría verse abocado a una grave crisis interna y a un creciente aislamiento internacional de no producirse una amplia democratización política en el país. Pero las transformaciones fueron económicas. El «capitalismo rojo», con altas tasas de crecimiento económico, convirtió a China en un muy apetecible mercado para las inversiones extranjeras. Y ante eso no hay democracia que se resista.
Ya había teorizado Mao que, para alcanzar grandes metas, las situaciones no debían establecerse definitivamente, tenían que ser dinámicas y cambiantes. Deng Xiaoping, otro máximo líder chino, defendió después la compatibilidad de la planificación estatal con la existencia de una economía de mercado, llegando incluso a proclamar: «Enriquecerse es glorioso».
Se reconoce que, en estos setenta años, los logros de la clase dirigente china fueron extraordinarios: terminó con una larga y convulsiva crisis de la historia china, unificó el país, lo liberó de la dominación exterior, lo convirtió en una gran potencia mundial.
Igualmente, la expectativa de vida ha pasado en ese período de 36 a 73 años; la población, de 540 a 1.330 millones de habitantes, y el nivel de alfabetización, del 20% al 95%.
Con evidentes limitaciones, los gobernantes chinos mostraron su poderío al mundo el pasado día 1. Lo hicieron con draconianas medidas de seguridad y de forma muy restrictiva: se aconsejó al pueblo que viera los fastos conmemorativos por la televisión. Paradojas de una República Popular.