MILIO MARIÑO
ESCRITOR
Hasta hace poco afirmaba, como ese chaval del anuncio, que no soy tonto, pero ya no estoy tan seguro. Mis convicciones se tambalean porque, a pesar la mucha información de la que dispongo, no acabo de enterarme de lo que pasa ni, menos aún, entenderlo. Miro alrededor y, por una parte, me tranquiliza que sólo seamos cuatro, los justos para la excepción, quienes no aportamos recetas ni sabemos cómo podría resolverse esta crisis pero, por otra, también me fastidia quedar al margen y dudar de mi propia capacidad hasta el punto de que ni me atrevo, casi, a levantar la voz, pues cada vez es más difícil encontrar a alguien que no sepa resolver todo este lío. Por uno que confiesa que no sabría como hacerlo aparecen mil que serían capaces de subirnos el sueldo, bajar los impuestos, acabar con el paro y hacer de España un país que crezca, económicamente, igual o más que Francia o Alemania.
Mi consuelo, que también me da miedo porque puede asimilarse al de los tontos, pasa por recordar que la realidad es una ficción que cualquiera puede comprobar leyendo los periódicos pero, contando con eso, asombra la facilidad con la que tanta gente suele lanzarse al ruedo sin dejar siquiera una puerta abierta a una verdad distinta que nos obligue a elaborar ideas provisionales, no condicionadas ni preconcebidas, que luego, después de la reflexión, puedan ser modificadas o sustituidas por otras. Y, claro, uno también se cansa de tantos disparates, y tantas burradas vestidas de sabiduría.
Una, la primera que oímos todos los días, es ese empeño por comparar a España con Alemania. Se nos ha olvidado, muy pronto, dónde estábamos hace poco y, también, que nuestro objetivo, a mediados de los noventa, era conseguir un crecimiento capaz de absorber una tasa de paro que, de aquella, doblaba la media europea. Y se consiguió pero, convendría no olvidarlo, con un modelo productivo basado en el exagerado crecimiento de la construcción, la precariedad laboral, los bajos sueldos de la emigración y los fondos de cohesión europeos. Por eso pienso que plantear ahora, que la evolución de nuestra economía tenga que ser igual que la de Alemania, no es que sea poco realista, es que sobrepasa lo imaginario y se convierte en ciencia ficción.
A mí, que a pesar de las dudas todavía confío en no ser tonto del todo, se me ocurre que, hoy por hoy, no podemos exigir que España resista la comparación con Alemania pero, para quienes insisten en compararnos, quiero ponerles al tanto de que el Bundestag alemán, en mayo de 2006, aprobó un aumento del IVA del 16 por ciento al 19 por ciento. Aumento que entró en vigor en enero de 2007 y supuso la mayor subida de impuestos en la historia de la República Federal. Y, para que lo comprueben, les invito a que consulten las hemerotecas y constaten que la dura reforma fiscal alemana fue posible gracias al acuerdo de los conservadores de la CDU y los socialistas del SPD. Acuerdo que parece impensable en la realidad política española.
España no es Alemania; no lo es en lo político ni tampoco en lo económico. Carece de base industrial, tecnológica, competitiva y productiva. Somos un país enfocado al turismo y a la construcción que estaba creciendo gracias a esos factores y a un consumismo ocasional generado por créditos baratos y no por riqueza real. Claro que todo esto lo dice alguien que piensa que no es tonto y, a lo peor, sí que lo es.