J. M. CARBAJAL
Sumidos como estamos en plena vorágine sobre la normativa de pesca en las aguas continentales asturianas para la próxima campaña de 2010, lo más llamativo en estas fechas otoñales viene a ser la presencia de salmones en la cuenca del Sella. No se trata de ninguna broma de mal gusto, sino de todo lo contrario. Sin duda, una grata noticia, sobre todo para la cuenca del Sella, donde los ribereños afiliados a la Sociedad «El Esmerillón» han puesto el grito en el cielo a raíz de las drásticas medidas que sopesa implantar la Consejería de Medio Ambiente del Principado de Asturias de cara a la venidera temporada. Lo digo con todas las de la ley: ¡Se ven salmones en el Sella!
¿Por qué hay salmones en esta época del año en las aguas del mítico río del Oriente asturiano? La respuesta es bastante simple, al tener una relación muy directa con el final del ejercicio de la pesca industrial en alta mar, en los países del Norte de Europa. Si no hay redes por el medio es lógico que los salmones surquen en este período otoñal los ríos astures. Además, algunos expertos en la materia me explican con todo lujo de detalles que a finales del pasado mes de agosto concluía la temporada pesquera para los barcos dedicados a las capturas de salmónidos. Pero, al mismo tiempo, me dejan bastante atónito al señalar que el cupo máximo que tienen establecido las pesquerías industriales en alta mar: ¡2.600 toneladas de salmón por campaña!
Demasiado se está centrando el debate en los ríos de la cornisa cantábrica, pero muy poco se dice del desaguisado de la pesca industrial en alta mar. La Administración pretende echar la responsabilidad absoluta de las pésimas campañas salmoneras sobre las espaldas de los ribereños, mientras parece escurrir el bulto en cuanto a lo que acontece al norte de Europa. De ser cierta la citada cifra, tan sólo una simple división -¿a un promedio de cinco kilogramos por ejemplar?- nos hace abrir los ojos de par en par para descubrir la sorprendente cantidad de salmones que atrapan las redes de los barcos. ¿Es que a nadie le causa asombro ese espectacular tonelaje de salmónidos? Ahí está el quid de la cuestión, guste o no, en la pesca industrial a gran escala.
Muchos no tiemblan un ápice cuando sugieren considerar al salmón como una especie en peligro de extinción y aprovechan para culpar de la pésima situación de la pesca fluvial a los amantes de ese noble arte tradicional. Ahora, tras prohibir años atrás la comercialización de los salmónidos -que poco, o nada, ha valido-, les quieren poner agentes y fuerzas de orden público a la vera de los ríos para custodiarlos, incluso apoyados por unidades caninas y helicópteros. En fin, vigilancia a ultranza en pro de la, digamos, recuperación del «rey de los ríos». Llegados a este extremo, me pregunto: ¿a qué aguardan los dirigentes políticos de este país llamado España para exigirles a los socios la UE una reducción de los cupos en alta mar? ¿Controlarán los cupos de salmón a los barcos?
A los pescadores asturianos les han cogido con el pie cambiado. Sí, sí... sobremanera después de haber desembolsado un dinero y, a posteriori, enterarse de las modificaciones previstas por Medio Ambiente para 2010. La única verdad es que desembolsaron una cantidad por cada solicitud sin conocer a ciencia cierta las bases de la próxima temporada. Vamos, que se fiaron de la otra parte -léase, Administración- y en estos instantes se sienten, engañados. ¿A los descontentos les devolverán la cuantía pagada en tiempo y forma? Me temo que no, por lo que, de no haber rectificación o marcha atrás, la puerta se abre a la interposición de contenciosos en los tribunales de Justicia. Quizá sea mejor un mal acuerdo que un buen pleito.
Creo que sobran estudios y más estudios sobre el tema, pues tan sólo llenan los bolsillos de unos pocos privilegiados. Aquí, lo que falta es echar el resto y que nuestros representantes políticos defiendan el serio problema en el seno del Parlamento europeo. ¡Basta ya de marear la perdiz! -en este caso, el salmón-. Esa especie siempre fue, y será, un recurso turístico de primer orden para las cuencas fluviales de la cornisa cantábrica. Señores diputados españoles, déjense de pamplinas y pongan toda la carne en el asador antes de que las pesquerías industriales nórdicas, de continuar a ese ritmo, acaben con la especie.
¡Ah!, pesquerías y las aves depredadoras.