EUGENIO SUÁREZ
La remota aventura de los piratas somalíes se repite con pedestre frecuencia. Es difícil atribuir aura romántica y ambiente de los Mares del Sur a estas operaciones mercantiles de unos fulanos, muy bien organizados, que se apoderan de barcos pesqueros de cualquier tonelaje y reducen a la tripulación en un periquete. Van fuertemente armados y los pescadores bastante tienen con habérselas con las redes y los anzuelos. No van a quitarles nada a los somalíes -parece que tienen poquísimo de cualquier cosa- su misión es la pesca no batirse con Sandokan.
Pescan en aguas internacionales, lo que supone que debería significar la protección de todas las naciones que han suscrito esa ficción, pero se los encuentran a bordo, con las cananas al cuello y las metralletas apoyadas en la cadera, como las vendedoras de nardos en la calle de Alcalá. Hay que parcializar el problema. Los pescadores tienen que pescar allí donde se suponen las capturas, no en determinados sectores de seguridad, como ha dicho algún ilustre mentecato, a menos que se lleve a cabo una cursillo intensivo en los bancos de atún para que se concentren donde resulte más conveniente.
Los piratas se arriesgan y planean las operaciones meticulosamente, para confluir en esa inmensidad con la presa escogida. Luego, por la noche, trepan al navío y reducen a la tripulación, dos cuartos descansando y una en la faena.
El armador, en Bermeo, Mundana, Avilés o Ayamonte pone el grito en el cielo al recibir la solicitud del rescate, que le lleva a la ruina y solicita protección armada. Un barco español es suelo español y allí tiene que haber guardias protegiendo su integridad. Estos pacifistas de pacotilla que nos gobiernan se sienten incapaces de hace cosas en tan alejados predios. Y recomiendan que se agrupen, como las vacas cercadas por los lobos. Sin despeinarse, los políticos lanzan el asunto a los morros ajenos y se les llena la boca diciendo que los argumentos tienen tinte electoralista.
Hay que dar soluciones imaginativas. Yo propongo que se pinten los barcos atuneros de rosa y que los pescadores se ricen el pelo y se pinten las uñas, por lo menos las de los pies. No es ningún atentado a la estética, sino un llamamiento a la solidaridad, por los menos de un sector que se ha demostrado activo y eficaz. Si la pesca de altura puede conectarse con un grupo de presión enérgico, la acción del Gobierno será siempre mucho más inmediata y eficaz. Saquemos de los armarios a los aficionados a la pesca, obtengamos de ellos una declaración de simpatía y tendremos docenas de diputados con el boli en la mano para firmar donde sea la intervención armada en los pesqueros.
Lo de la pintura rosa y el esmalte de uñas, como habrá comprendido el lector, son meras sugerencias humorísticas en apoyo de la empresa. Sin la cooperación de las «drag queens» y los cómicos tras la pancarta, ante el Palacio de las Cortes, no vislumbro solución, la verdad. ¡Al abordaje, en el nombre del punto de cruz!