PABLO ÁLVAREZ DE LINERA GRANDA
ABOGADO Y ECONOMISTA
Creo sinceramente que estamos viviendo un momento en el que necesitamos una revolución en la actitud ante el trabajo de las personas que llegan a los 65 años de edad y también en la actitud de la sociedad frente a aquellos que alcanzan esta edad. En muchos países empieza a haber un sentimiento de que la jubilación obligatoria a los 65 es algo acerca de lo que se debe hablar, ya que no puede considerarse como una exigencia inamovible de la relación de las personas con el trabajo.
Desde esta perspectiva, puede que haya llegado el momento en el que lo más adecuado sea que cada persona negocie su retiro del mundo laboral de la manera en la que crea mejor para su estilo de vida. Creo que sería ideal que pudiéramos decidir por nosotros mismos cuánta energía y pasión por el trabajo tenemos todavía. Todos tenemos diferentes niveles de entusiasmo y capacitación profesional; asimismo, todos nosotros envejecemos a edades diferentes. ¿Qué tiene que ver la edad de 65 años con nuestro entusiasmo, nuestra capacitación y nuestra edad física y mental? Sin duda, bastante poco.
Esta reflexión general no la expongo por motivos económicos sino conceptuales. Pero no puedo dejar de considerar que las circunstancias económicas presionan sobre los gobiernos para reflexionar sobre esta materia cuando analizan la estrategia para gestionar una sociedad que envejece paulatinamente. Desde un punto de vista estrictamente económico, hay personas que agradecerían seguir trabajando tras alcanzar los 65 con el ánimo de aumentar la pensión que reciben. Y no hay nada como la necesidad o el interés económico para inducir a la sociedad a hablar acerca de algo; en este caso, la obligatoriedad de la jubilación a los 65.
Actualmente, se está empezando a poner de manifiesto un cambio de tendencia en la opinión general de la población europea acerca de la obligatoriedad de la jubilación a los 65. Como ya sabemos, en España la edad ordinaria de jubilación se establece precisamente a los 65 años. No obstante, la extinción del contrato por jubilación, pese a que se haya alcanzado la referida edad, es voluntaria para el trabajador, si bien los convenios colectivos pueden establecer situaciones de jubilación forzosa. Además, en nuestro ordenamiento jurídico existen determinados vehículos jurídicos a través de los cuales se trata de fomentar, bien el retraso de la edad de jubilación, bien la compatibilidad del trabajo y la jubilación, todo ello con el objetivo de reducir el coste de la Seguridad Social por el capítulo de pensiones de jubilación, ante el evidente envejecimiento de la población y el considerable incremento de la esperanza de vida experimentado en los últimos años. Dichos vehículos y medidas son la jubilación anticipada, la jubilación flexible, la jubilación parcial, las bonificaciones por edad y los incentivos a la jubilación postergada.
En el Reino Unido hay actualmente más de 300 demandas interpuestas por personas que superan esta edad, en las que solicitan que la jubilación a los 65 sea un derecho pero no se convierta en una obligación para el trabajador. Creo que este proceso va a empezar a producirse en toda Europa. Aquellas personas que superen los 65 años y se encuentren con ganas, empezarán a luchar para intentar conseguir que sus vidas laborales se extiendan, sintiéndose de esa manera parte importante en el desarrollo de la sociedad y garantizando la continuidad de su seguridad financiera. A algunos jóvenes quizá no les guste esta perspectiva, basándose en la idea de que sus mayores están impidiéndoles su promoción profesional y dificultando el acceso a los puestos de dirección en la sociedad. Pero tal vez deban pensar en que ningún país puede tener una parte importante de su población viviendo por encima de los 80 años sin contribuir al trabajo en la sociedad y esperando que un número cada vez más reducido de trabajadores sea el que contribuya a satisfacer sus necesidades financieras.
Es indiscutible que un cambio en la actual política de jubilación exige un amplio consenso entre los trabajadores y los empresarios. Pero, si tenemos en cuenta que se está produciendo una revolución en la composición de la población trabajadora, estamos cada vez más obligados a ver puestos de trabajo que correspondan a edades cada vez más diversas, de manera que las personas que en un momento determinado se consideraba que debían estar jubiladas trabajen en la misma organización al lado de las nuevas contrataciones jóvenes y directivos de mediana edad. Los esquemas tradicionales de trabajo muy probablemente se transformarán. Creo que el futuro no responderá al modelo tradicional de incremento paulatino de la posición sociolaboral, que culmina en el límite individual de cada trabajador, en el que éste se mantiene hasta que llega el momento de la jubilación. Aquellos que han alcanzado un determinado grado de responsabilidad no pueden pensar que seguirán manteniendo su posición profesional hasta el momento en el que deseen dejarlo o la legislación laboral les obligue.
Sería justo que una compañía se preguntara acerca de si sus ejecutivos empiezan a estar cansados, pierden concentración o les resulta difícil mantenerse al día con la tecnología y el modo de pensamiento actual. En este contexto, debe haber una fórmula para que los trabajadores mayores reconfiguren su carrera profesional para gestionar correctamente un descenso en la jerarquía dentro de la compañía, sin que se produzca una disminución de la autoestima o del respeto que por ellos tenga el resto de los trabajadores. Gestionando de modo correcto esta nueva configuración de la carrera profesional no se produciría ningún sentimiento de declive sino, simplemente, un cambio en las circunstancias de la vida, semejante a otros que acontecen en diferentes aspectos de nuestra existencia. Creo que resulta muy necesario que las compañías mantengan un mayor rango de edades dentro de sus plantillas. El resultado en la sociedad beneficiaría a todo el mundo. Las generaciones aprenderán a entenderse mejor y con el entendimiento se generará la simpatía. Ésta es una panorámica inexplorada que se presenta ante nosotros.
La cuestión es cómo y cuándo el sentimiento de obligatoriedad de la jubilación a los 65 empezará a eliminarse paulatinamente. Por cierto, ¿cuántos de los lectores de este artículo recuerdan la mili obligatoria? Y de los que la recuerdan ¿cuántos creyeron alguna vez que llegaría un día en el que dejaría de existir?