LUIS M. ALONSO
Francisco Correa quería que lo llamasen don Vito, como el patriarca de los Corleone. Ricardo Costa, un pijo de catálogo que «flipa» con los relojes caros, se accidentó con el Infiniti de asientos negros que le gestionó El Bigotes. Al ex diputado Sepúlveda lo tenía a sueldo la misma trama que transfirió un Jaguar a nombre de su mujer, Ana Mato. Camps deseaba ardientemente una foto con Obama y Ana Botella estaba encantada con El Bigotes y, en este caso, no hace falta aclarar a qué bigotes me estoy refiriendo.
Lo que se conoce del «caso Gürtel», a grandes brochazos, las conversaciones de tono fallero, el puto «pen drive», la catadura de los personajes que se manejaban con tanta soltura entre altos dirigentes del PP, es una auténtica astracanada. Imaginarlo en una película de Berlanga no cuesta demasiado esfuerzo. Existiría, además, la posibilidad de una secuela, porque la instrucción sigue y el sumario no ha sido levantado en su totalidad.
Rajoy ha recomendado, sin embargo, indiferencia y olvido frente al escándalo. La indiferencia resulta difícil, porque nadie permanece indiferente ante un espectáculo tan escatológico. El olvido, sencillamente imposible; los primeros que se van a encargar de que así sea son los propios socialistas. El líder del Partido Popular no debería pasar el resto del mandato fumándose un puro en respuesta a los problemas que a los españoles les genera este Gobierno, pero todavía menos con respecto a los de su partido. En primer lugar, porque pueden acabar arrastrándolo a él mismo.
Es verdad que al PP se le ha sometido a una vigilancia sospechosamente instigada por el adversario, pero también es cierto que el cerco ha servido para poner en evidencia una red organizada de corrupción que podría culminar en la financiación ilegal del partido. Pensar en ello como un episodio sin más del juego político y concluir que a los españoles este tipo de cosas les resbala es un ejercicio de cinismo insoportable.