JAVIER MORÁN
Ya transitan peatones por el nuevo paso subterráneo que une los barrios de La Calzada y Tremañes, bajo las vías férreas y el lamentable apeadero de lugar. Mejor así que andar jugándose el cuerpo al atravesar líneas férreas, como antes sucedía en ese punto y todavía sigue ocurriendo en la nefasta estación de Jovellanos, donde el paso elevado fue tapiado hace años y al peatón que le den dos duros (dicho paso aéreo tenía ascensores, pero debieron de funcionar poco más allá del día inaugural de la pésima estación, en 1987).
No obstante, los pasos elevados no suelen funcionar. El ser humano posee una obstinada propensión a ir por la superficie y en línea recta, y esto sucede desde que los australopitecos abandonaron definidamente los árboles y poseyeron la sabana.
Ahora bien, por lo que hemos podido observar en el paso La Calzada-Tremañes la línea recta no es su fuerte, es decir, hay que dar algunas vueltas si se accede a él desde el apeadero, por ejemplo. Esto quiere decir que no estamos seguros de que el subterráneo se haya construido según la regla de la mayor facilidad para el peatón, con lo que puede que haya bípedos que sigan pasando sobre las vías.
Así pues, la trampa de los raíles podría haber sido sustituida por la trampa de subterráneo, como ocurrió en el que hubo también bajo la citada estación de Jovellanos, y que fue un espanto más del desastre ferroviario que el Ayuntamiento tragó en 1987.
Pero lo peor del nuevo paso es otro problema: su existencia es incompatible con la promesa del Ayuntamiento de soterrar las vías de La Calzada. Así que, ¿además de posible trampa, también será un paso que revela la existencia de una falacia municipal? No obstante, es posible que el subterráneo de marras se destruya dentro de unos años -como sucedió con el de Jovellanos-; en tal caso, conocemos ya la explicación: el Ayuntamiento tira el dinero público de vez en cuando (lo acabamos de ver con el edificio del Albergue Covadonga).