LUIS M. ALONSO
La vigorexia hace tiempo que se ha impuesto, pero ahora pasa a tener un papel determinante en nuestras vidas. Científicos norteamericanos aconsejan penalizaciones fiscales por obesidad, mientras que Nicolas Sarkozy ha decidido poner a dieta al Gobierno, un asunto que no deja de ser complicado en un país con más de trescientas salsas. Aquí, la ministra enjuta que ve brotes verdes donde otros sólo perciben ramas secas, pronto nos dirá algo sobre el adelgazamiento.
A simple vista, podría entenderse que los políticos, además del voto, quieren que nos parezcamos cada vez más a ellos para lograr una mayor identificación con el producto. Pero ese asunto, al menos por lo que respecta a este país, está resultando misión imposible. Lo que, en cambio, sí se consigue es un alejamiento del albañal en que se ha convertido la vida pública. El «caso Gürtel» es un ejemplo, pero también tenemos otros a distintas escalas como el chivatazo del bar Faisán: policías siguiendo órdenes de superiores políticos conchabados con etarras.
Más allá del complejo de Adonis, la dieta que propone Sarkozy a sus ministros no deja de ser un guiño a la frugalidad en Francia, donde comer es una obra de arte y, sin duda, el acto más importante en la vida de un ser humano. Aquí, sin embargo, los ministros no tienen mayormente falta de adelgazar: el Gobierno es anoréxico. Una anorexia que preocupa tanto como la bulimia del principal partido de la oposición, que se ha dedicado a engordar de manera obscena y ahora le sobran kilos por todas partes. Antes de que nos demos cuenta, se nos va a pedir que elijamos entre la anorexia política que debilita a España y el apetito desmedido de los tragaldabas de la corrupción. Será como tener que escoger entre el hambre y las ganas de comer o la peste y el cólera.
La dieta debería ser obligada, por motivos de salud de los españoles, no para un Gobierno en particular, sino, en general, para la casta política de tramposos y corruptos que nos ha tocado sufrir en un momento tan delicado de nuestra historia. Ni siquiera habiendo cometido la mayor de las equivocaciones nos merecemos este castigo.