FERNANDO GRANDA
No sé si lo mejor es aportar recursos para una actividad concreta o hacerlo en una organización que trabaje en muchas partes. A la primera fórmula se suele acudir en ocasiones de catástrofes naturales, para intentar remediar los desastres de una guerra, los abusos de un conflicto bélico o paliar los efectos de un grupo de refugiados, es decir, solucionar una situación dramática concreta. La segunda opción busca la reparación de problemas más amplios, universales, específicos pero presentes en distintas partes del mundo. Soy socio de varias de estas organizaciones no gubernamentales que trabajan en distintos ámbitos sociales, aunque también participo en llamadas de socorro puntuales. Porque prefiero preparar un campo baldío para poder luego sembrar que practicar un socorro de última hora. Dicho de otra forma, en vez de dar pan, enseñar a sembrar trigo.
Sin embargo, leo estos días que en un país hermano, pequeño (la quinta parte que España), antiguo territorio de los mayas, Guatemala, hoy regido por una débil democracia tras décadas de conflicto bélico interno, diversas asonadas y golpes de Estado, se están muriendo de hambre. El presidente, Álvaro Colom, con año y medio en el poder, decretó hace unos días el estado de calamidad, una medida de emergencia para cortar la escasez de alimentos que sufre parte del país, donde han muerto por desnutrición medio millar de personas, muchos de ellas niños, en lo que va de año. Puede parecer una cifra pequeña en una población de unos dieciséis millones de habitantes, pero lo importante no es el número de fallecidos sino la situación político económica que ha llevado a Guatemala a la hambruna.
Porque el país no es pobre ya que tiene una economía de nivel medio dentro de Centroamérica, su territorio es fértil y sus exportaciones y su turismo experimentan un progreso importante. Pero parece que la historia aún pesa mucho en su seno. Durante el pasado siglo ha sufrido una primera mitad bajo la dictadura con una United Fruit Company que hacía y deshacía a su antojo impidiendo, incluso, que Guatemala progresase para seguir enriqueciéndose, poniendo gobernantes a su arbitrio y dictando la política según su conveniencia.
La casi otra mitad del siglo transcurrió con uno de los conflictos más largos de la Historia. Hubo un cuarto de millón de muertos, unos cincuenta mil desaparecidos, cerca de medio millón de desplazados, medio millar de aldeas destruidas? Colom, ingeniero industrial y de ideología socialdemócrata, jefe de un partido llamado Unidad Nacional de la Esperanza, habla de implementar programas de redistribución de la riqueza tales como cohesión social y hasta comedores solidarios. Pero unas 54.000 familias, es decir, un cuarto de millón de personas, sufren el hambre que recorre muchos territorios guatemaltecos.
Algunas entidades intentan paliar la situación (Médicos Sin Fronteras, Gaudium-Paidos, la vasca Mugen Gainetik, Ayuda en Acción o la Fundación Rigoberta Menchú, entre ellas) de forma más o menos permanente. Una ONG nacida en Llanes, Cultura Indígena Principado de Asturias, CIPA (cuentas en Cajastur 2048 0071 84 0340017583 y la Caixa 2100 5474 93 0200011402; www.culturaindigenasturias.com), fundada por el maestro Antonio Díaz, trabaja en la Guatemala más pobre desde hace tiempo. Con sus aportaciones fundan escuelas, otorgan becas, enseñan oficios, también enseñan a sembrar y mientras la simiente germina, crece y da fruto, sus voluntarios dan trigo.