ALICIA ÁLVAREZ
De todos los lugares posibles, creo que nunca escogería la playa para hacerlo. Sencillamente porque es incómodo. Si lo intentas de lado, se te hunde el codo en la arena; si pruebas boca arriba, el sol te mengua la pupila, te irrita la retina y te ciega la vista. Boca abajo es más de lo mismo. El peso recae en los antebrazos, el cuello se hunde entre las clavículas, te pesa la cabeza y el bañador recién mojado cala hasta empapar la toalla. Así que sí, de todos los lugares posibles para leer un libro, nunca escogería la playa y, por tanto, allí tampoco liberaría el ejemplar. Y ahora me explico.
El motivo de esta afirmación es la iniciativa que ha llevado a cabo esta semana el Gremio de Editores de Asturias en la Feria Internacional del Libro, LIBER-09. La actividad consistía, amén de promocionar en la capital la literatura hecha en Asturias, en la liberalización, o dicho de otro modo, en el abandono de distintos ejemplares en lugares de la ciudad por parte de sus autores.
Pues bien, aunque la iniciativa no es nueva, se trata del denominado «bookcrossing», práctica nacida en 2001 que consiste en dejar libros en lugares públicos para que los recojan otros lectores que después harán lo mismo, el hecho de que los participantes fueran paisanos míos y de que la actividad se desarrollara en la que fue mi segunda casa durante tanto tiempo me llevó a pensar qué lugares escogería yo de tener que liberar esas obras que han marcado, o al menos han entretenido, mi vida. Y creo que sin duda elegiría los lugares donde esos mismos libros me liberaron a mí en una ocasión.
Por ejemplo, en los cafés, donde el realismo sucio de Cooper, Carver, Bian o Bukowski me quitaron -sólo parte pero algo sí que quitaron- de la tontería adolescente. Los dejaría ahí, sobre la mesa o en cualquier vagón de metro donde leí la mitad de la bibliografía especializada de la carrera. Randall, Kapuscinski y compañía? a la espera de un aprendiz de periodista.
Y también los abandonaría en la cama, donde se liberan otras muchas cosas. Serían esos libros de ensayo, de esos pesados que caen sobre el pecho y casi asfixian, de esos que te rescatan del estrés del día pero que al día siguiente hay que releer porque aunque el marcador jura y perjura que llegaste a la página 115, el último capítulo no lo leíste tú sino tu duermevela.
Los liberaría, cómo no, en el Supra Madrid-Gijón, Gijón-Madrid, donde esas novelas para leer del tirón te salvan del viaje, de la pesadez de sentir que aún quedan horas para llegar al destino o de la tristeza de saber que aún quedan meses para regresar al origen. Ahí dejaría toda la bibliografía de Nothomb, de Auster, de Hornby o de Kureishi, incluso con la certeza de que una bandeja de caramelos interrumpirá cada diez minutos su lectura.
En fin, ésos serían algunos de los lugares en los que los abandonaría. Aunque sólo pediría una cosa: que el préstamo fuera con vuelta porque, llámenlo manía, una de las cosas que más me liberan en esta vida es organizar por género y autor mi estantería.