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Pola del Tordillo confidencial

n La historia de las extrañas desapariciones de los inspectores

 
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Pola del Tordillo confidencial
Pola del Tordillo confidencial  

MARCELINO M. GONZÁLEZ No hace mucho que les contamos que ciertos músicos, tras una gran comilona, habían borrado del mapa a este pueblo. Pero créanme que existe. Está situado en las estribaciones de la Sierra de la Torda y tiene diez casas, cuatro de ellas deshabitadas. En total viven allí catorce tordillenses, aunque uno de ellos lleva muriéndose más de una década y, como diría el inefable del bigote, aún está trabajando en ello. Seguro que se llevará a los otros por delante. Siendo tan pocos, no necesitan alcalde, pero lo tienen a perpetuidad, para ser modernos y para que les lleve todos los días el pan y La Nueva España. A Pepe, el alcalde, le llaman Excelencia, como si fuera el embajador de algo. Y él, aun estando orgulloso por el tratamiento, ha decidido que todos le llamen Exce, para abreviar y no dar el cante. Es la primera decisión que tomó al acceder al cargo. Su esposa se llama Lola y es una matrona recién salida de un cuadro de Boticcelli. A Pola del Tordillo no ha llegado la luz, ni el teléfono, ni el agua corriente. Tampoco la carretera, y lo de la crisis se la trae al pairo. Carecen de iglesia y cementerio, no les hacen falta. Son felices a su manera y no les falta tiempo para entretenerse. Viven transgénicamente, sanos y sin problemas.

Una mañana de otoño, hace un año por estas fechas, apareció en el pueblo un hombre menudo, con gafas, traje y corbata, que portaba un abultado maletín. Salvo el opositor a difunto, todos salieron a recibir al forastero, que no tardó en presentarse: Buenos días, soy Críspulo Solchaga, subinspector de Hacienda, dijo, y les entregó su tarjeta. Se miraron unos a otros, sin decir ni mu. El funcionario continuó: desde hace cinco años, por estas fechas, han venido por aquí compañeros de nuestra Delegación con la misión de catastrar sus fincas y sus casas para ultimar el inventario municipal. Es extraño que ninguno de los cinco haya vuelto al trabajo. Parece como si se los hubiera tragado la tierra. Este año me toca a mí esa labor, que ya lleva un buen retraso. Sean ustedes tan amables y muéstrenme sus propiedades y las escrituras correspondientes. Antes tendrá que comer algo, intervino el Alcalde, llega de lejos y esa cuesta le habrá dejado muerto. Lola, prepara algo pa esti señor.

Excuso contarles cómo se las gasta Lola cuando de cocinar se trata («De oídu». LNE 12-09-09). Dos horas estuvo el bueno de Críspulo haciendo los honores a aquella pantagruélica comida, y media más descargando parte de ella tras la casa. Aunque no sabía nada de música, el inspector sí iba provisto de papel. Había toreado en plazas similares a aquella. Tras la toilette, como dicen los de la capital, el infeliz se quedó transpuesto y mal acomodado en un pequeño pajar. La noche cayó sobre Pola del Tordillo. Se oía el canto del cuco, mal presagio.

El del Catastro no despertó hasta poco después de amanecer. Cubierto de paja y con sus ropas arrugadas se encaminó a la casa de Exce y, asombrado, contempló cómo Lola ya le había preparado el desayuno. Cuando terminó con él, dijo en tono jocoso: «Esto es demasiado, señora. Parece como si me estuvieran cebando como a un cerdo». A la mujer se le escapó una sonrisa ladina. Eso es precisamente lo que estoy haciendo, replicó. En ese mismo instante el pobre infeliz reparó en cinco maletines que reposaban ordenados encima de una alacena y, aterrado, se dio cuenta que el suyo sería el sexto.

Estaba a punto de llegar San Martín. Ahora que lo pienso, ya sé de qué estaban hechos aquellos chorizos picantinos que comieron mis musicales amigos. La vida sigue discurriendo plácidamente en Pola del Tordillo en espera de la séptima visita inspectora.

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