VÍCTOR GARCÍA DE LA CONCHA
DIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
Mi profesión es la de filólogo, lo que quiere decir amigo, amante de la palabra. En el prólogo a su novela «Aurora» Nietzsche decía que el filólogo es un lector lento de las palabras, el que con ojos despiertos y dedos delicados va acariciando su sentido. Yo había oído hablar mucho de la Amuravela de Cudillero, pero no había parado nunca mientes en esa palabra, amuravela.
Un día de agosto, frente al mar Mediterráneo, el mar de Ulises, recibí la llamada de José Luis Balbín: «Me han concedido la "Amuravela de oro", y tienes que venir a Cudillero, el día de la entrega, a presentarme». ¡Amuravela! Tenía allí a mano pocos libros, pero sentí de inmediato estimulada mi vocación de filólogo. Mi oficio es servir a la palabra: en concreto, recoger, custodiar, investigar y pulir las palabras de nuestra lengua castellana; esas que muy pronto se hicieron españolas y que, pronto también, atravesando la mar océana en boca de descubridores, misioneros, encomenderos y emigrantes se hicieron también americanas. Son las palabras que han hecho a Asturias, que han hecho a España. Porque toda nuestra identidad personal, familiar, social y cívica está hecha de palabras.
Cada una de ellas encierra en sí misma una historia, cada una es como una concha marina que, aplicada al oído del espíritu, nos trae ecos insondables. ¡Amuravela! Estaba con mi mujer, filóloga también, medievalista, y en los fulgurantes atardeceres del mar de Homero, tratábamos de averiguar su etimología. Cuando pude recurrir a las fuentes léxicas, a los viejos ficheros de la Real Academia, me encontré con que no podía precisar el origen etimológico de «amurar» en el sentido de bajar la vela, sí en el sentido de apoyarse contra un muro, de apuntalarse contra el costado, también «amura», de una embarcación.
Y así, la concha marina de la palabra «amuravela» iba suscitando en mi imaginación figuraciones, y empezaba a aparecer al fondo -de mar a mar- la estampa de Cudillero. Recurrí a los libros y fui descubriendo con creciente emoción que la historia literaria está llena de amuras ligadas a grandes aventuras marineras. Fui poniéndoles de fondo recuerdos de grabados ingleses románticos, con la mar, que es esta misma mar de Cudillero, encrespada, rota en galernas y pobres o grandes veleros luchando en medio de la tempestad.
Alonso de Ercilla al cantar, a mediados del siglo XVI, la conquista de Chile en su «Araucana», cuenta que navegando la flota por la zona de Isla Negra -un mar que, visto desde la casa que allí se construyó Pablo Neruda, me pareció igual que nuestro Cantábrico- «vino en esta de viento una grupada / que abrió a la agua furiosa una ancha puerta, / rompiendo del trinquete la una escota / y la amura mayor fue casi rota». Diré de paso que Neruda tenía como mesa de escritorio una puerta de un viejo galeón español encontrada, siglos después de su naufragio, entre unas rocas. Al verla pensé cuántos marineros españoles, de Cudillero, por ejemplo, habrán vivido, sin que haya quedado constancia en los anales, experiencias análogas a las registradas por Ercilla. O a la que narra Valbuena en el «Bernardo» a comienzos del siglo XVII: «Ciérrase el aire de una nube oscura, / y en las tirantes cuerdas brama el viento; / suena de voces, llanto y desventura / un triste son y doloroso acento. / Unos toman la triza, otros la amura?».
¡Amuravela! Habrán gritado mil veces con ronca voz los viejos capitanes. Pero, también, en otros momentos, sin angustias, con aplomo: ¡Amuravela!, habrán mandado hacerla, para rendir la vela su señal de pleitesía al acercarse cualquier barco de la flota -de Pedro Alonso Marqués, por ejemplo, hijo del Adelantado de la Florida- al buque insignia. Y ese sentido de homenaje y pleitesía tiene la Amuravela que la Asociación de Amigos de Cudillero hace a dos asturianos señeros y a un laureado regimiento vinculado por tradición y nombre a nuestra tierra.
Me corresponde a mí, por título de amistad, hacer la presentación de J. L. Balbín. ¿Presentar a Balbín, superconocido en medio mundo y en la otra mitad? Acepté encantado el encargo, entre otras cosas, porque me parece que Asturias, que presume de generosa -y lo es, lo es a veces hasta el exceso-, ha sido cicatera con alguien que por todo el mundo ha sido embajador entusiasta de nuestra matria. Pero? ¿presentar a Balbín? Cuando me paré a pensar lo que podría decir, me ocurrió -dicho sea con todo respeto y salva la distancia- como fingía Cervantes que le ocurría al tratar de pergeñar el prólogo del «Quijote»: que varias veces tomé la pluma y otras tantas la dejé por no saber lo que escribiría; y estando una vez suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría, me llamó a deshora un amigo mío, gracioso y bien entendido -Ladislao de Arriba-, el cual, viéndome tan desorientado, me dijo: «Pero, hombre, si lo tienes muy fácil: di que vas a contar la historia de un praviano que, sin dejar de serlo, se hizo pixueto». Y yo me dije: exacto. Porque eso es, según explicaré, J. L. Balbín.
Lo conocí al comienzo de los años 60 del pasado siglo -¡cómo vuela el tiempo!- en la redacción de LA NUEVA ESPAÑA. Era aquella una redacción que a Gabriel García Márquez le hubiera dado para escribir una novela. El director y fundador -o refundador, según se mire- del periódico era Paco Arias de Velasco, corresponsal durante las duras huelgas mineras de la agencia «Reuter», a la que transmitía extraordinarios mensajes: «¿Qué ha ocurrido hoy, mister Arias?». «Nada, nin: unos entran y otros salen». El veterano Luis Puente daba noticia puntual del precio de la ternera en el mercado de Teverga, mientras que el redactor jefe -Juan Ramón Pérez Las Clotas- impartió aquel verano al grupo de periodistas en prácticas -Graciano, Carcedo, Evaristo Arce, Juan de Lillo y Balbín- la consigna de que cada día había que traer un reportaje de cosas extraordinarias que sin duda ocurrían en Asturias pero en las que no se reparaba porque no se sabía mirar ni escrutar el horizonte.
Gabriel García Márquez me contó que, siendo director del diario de Barranquilla, un día, cuando ya había cerrado la edición, lo llamó a casa un joven periodista en prácticas, que le dijo:
-Director, tengo una noticia de primera página.
-Sí, ¿cuál es? -respondió Gabo.
-Es que ha muerto el cónsul del Uruguay.
-Pendejo, ¿y para esto me llama?
-Sí, señor, es que se lo comió un cocodrilo.
En Asturias no había cocodrilos, pero sí cosas extraordinarias. Asturias, por obra y gracia de aquellos alevines de grandes periodistas, se convirtió en el país más deslumbrante del globo. Uno de ellos se perdió en el bosque de Muniellos -donde, como es sabido, no es fácil perderse-; se le vino la noche encima, pero un cuquiellu lo guió hasta la salida y lo despidió con un cucú torneado; otro encontró en Cornellana a la monísima cantante francesa Sylvie Vartan, que vivía allí un romance amoroso con un minero de Caborana. Y Balbín, a quien ya le tiraba Europa, tropezó, creo que por Somiedo, con el mismísimo presidente de la República Francesa, que había venido a cazar de incógnito y había tenido a tiro al mismísimo tataranieto del oso regicida de nuestro Rey Favila, que Dios tenga en su gloria.
Lo importante es que a José Luis Balbín le tiraba Europa, y así iba a ser pronto corresponsal en Bonn, donde en medio de la gran oleada de migraciones fue cónsul eficaz y generoso de Asturias, y más tarde en París, y? suma y sigue. Volví a encontrarlo otro día, pocos años más tarde, en LA NUEVA ESPAÑA. Acababa de venir de Praga y contaba con precisión de analista lo que allí estaba brotando como una primavera. Recuerdo que en un punto de su descripción dijo: «Lo que no sé es cómo los rusos no la han invadido». A las cuarenta y cuatro horas los tanques entraban en Praga y Balbín ya estaba allí.
Porque Balbín ha sido -y a esto iba- un oteador permanente de horizontes, al modo de esos marineros de Cudillero que, asomados al pretil del espigón del puerto, escrutan tormentas y bonanzas, y que, en cuanto salen de la bocana, adivinan por dónde se mueven los bancos de pescado. Balbín, que, con la pipa en la boca como buen marinero, acostumbra a entornar los párpados, tuvo y tiene como cualidad superior el arte de «perscrutar» las claves de las cosas. Acopia para ello montones de información, pero, sobre todo, patea el campo de su interés inagotable de análisis.
Fuimos juntos a China, invitados por el gran Pepe Cosmen, a inaugurar la primera línea de Alsa, Pekín-Tianjin. Pero mientras los demás seguíamos a una guía oficial, sargento inflexible, Balbín iba por libre, se organizó viajes a zonas prohibidas? Era la única manera de romper la costra, la cáscara que se nos ofrecía y saber qué estaba ocurriendo allí. En una palabra: dar con la clave.
¡«La clave»! Cuando con la debida perspectiva se haga la historia -y la intrahistoria- de la transición política y social de la España del franquismo a la de la democracia, se valorará en su justa medida lo que a ello ayudó el programa estrella de Balbín, irrepetible y, por desgracia, irrepetido. Gentes de primera línea en los más diversos asuntos aportaban visiones directas e inéditas de las cosas en un debate libre gobernado por la sabia mano de Balbín, en busca de la clave. Libre de espíritu, Balbín es incapaz de someterse a una disciplina ideológica o de partido. A mi juicio, «La clave» fue una escuela de la nueva ciudadanía española. Y eso solo merece en justicia un reconocimiento que el paso del tiempo traerá.
Como un presagio feliz y como un gran regalo en sí mismo, recibe José Luis Balbín la «Amuravela de oro». Llevaba años José Luis buscando en Asturias un sitio en una colina desde la que se viera el mar. Él, que en su primera juventud venía andando o en bicicleta de Pravia a Cudillero, lo encontró aquí, en la casa de un pescador, donde él ha instalado su hogar, oficina, observatorio. Lo ha bautizado con el nombre exacto: «La clave del mar». Porque eso quiere hacer él: otear horizontes. Jorge Luis Borges, el ciego más vidente de las letras hispanas, escribió: «Cuentan que Ulises, harto de presagios, / lloró de amor al divisar su Ítaca / verde y humilde». Yo sé que a José Luis, pudibundo en revelar sus sentimientos, le pasó igual cuando encontró el lugar y le ocurre lo mismo cada vez que vuelve a él.
Se equivocaría quien pensara que es la casa del reposo del guerrero. No. ¡Qué va! Sólo se hace viejo quien tiene más recuerdos que ilusiones. A los noventa y cuatro años Menéndez Pidal escribió en el libro de firmas del palacio de los Valdés en Sorribas: «Es un viejo / quien, siendo mozo, frunce el entrecejo. / Quien siendo, en cambio, viejo / abre su pecho a la ilusión y el gozo, / ese es siempre mozo». Y aunque José Luis Balbín lleva miles de recuerdos, viene aquí para ver el mar y adivinar en él nuevas ilusiones y nuevas empresas. Por eso he dicho que se ha hecho «pixueto», no «caízo».
Sé que el galardón es importante para él. Sus amigos -ya paisanos- de Cudillero le hacen y le brindan la «Amuravela». Y él la recibe como lo que es: un premio, sí, pero un estímulo para izar de nuevo velas y salir a navegar mundos, a perseguir nuevas aventuras, en un barco que lleva como enseña la bandera de Asturias y el banderín de Cudillero.