La ministra de Ciencia e Innovación, Cristina Garmendia, afirmó la pasada semana en Ribadesella que España es la novena potencia científica. La calidad de nuestras universidades, principales depositarias de la ciencia -el 60 por ciento de la investigación del país se hace en sus laboratorios-, no se corresponde en cambio con esa destacada posición. Sólo uno de las 77 centros superiores españoles, de Barcelona, se sitúa entre los 200 mejores del mundo. Estamos en la segunda división del saber. Para paliar esta endémica carencia nace el llamado «plan de excelencia», un proyecto que pretende que las mejores instituciones académicas del país puedan recibir un dinero extra con el que modernizarse, perfeccionar su docencia y aumentar su capacidad investigadora.
La Universidad de Oviedo acaba de apuntarse un buen tanto al ser reconocida como «de excelencia». Cincuenta centros de todo el país aspiraban a la misma distinción y sólo 15 la han obtenido. Los de Madrid y Barcelona, al copo por presupuesto y alumnado, se quedaron con ocho plazas. Siete se las disputaron el resto, una dura puja que realza aún más los méritos de la propuesta asturiana. Resta, como en los Juegos Olímpicos, defender la candidatura final el 25 de noviembre ante un comité de expertos. Sería anormal que no superara el corte, pero ya han comenzado las presiones políticas de los excluidos y puede ocurrir de todo.
Nuestra Universidad conquistó este privilegiado sitio con un plan estratégico que aboga por racionalizar y especializar sus campus de Oviedo, Gijón y Mieres, y por desarrollar proyectos de investigación en sintonía con las empresas en biomedicina, salud, energía, medio ambiente y cambio climático. El primer objetivo persigue crear un ecosistema del conocimiento. El segundo, transferir mejoras tecnológicas concretas al tejido productivo con las que despertar nuevas oportunidades. Si la Universidad asturiana destaca por sus titulaciones en Humanidades aspira ahora a dar el salto a la Ciencia y la Tecnología. Todo un programa de futuro y todo un reto en tiempos de crisis. Como dijo Kennedy a la Academia de las Ciencias norteamericana «en el reto está nuestra salvación». Nunca antes el porvenir había dependido tanto de la capacidad creadora e innovadora.
Lo más positivo de los campus de excelencia es que acaban con la política del «café universitario para todos». No hay nada más estimulante que la competencia. Aquellos centros que demuestran su trabajo y su valía son recompensados. Las universidades gozan de total autonomía y es justo que resulten favorecidas quienes mejor saben aprovechar ese margen para crecer. Uno de los reproches más habituales a la enseñanza superior es su desconexión con la realidad que la rodea, su burocratización y su enclaustramiento. Esta es una oportunidad para variar de rumbo. La idea de que las universidades se conviertan en polo para el desarrollo social y económico de su entorno toma cuerpo con la nueva fórmula.
La noticia ha sido acogida en la institución asturiana con euforia. Falta le hacen a la Universidad acicates de este tipo, aunque sea simplemente por el refuerzo moral que conllevan. Encima traen dinero. Los primeros tres millones que llegarán por esta nueva vía acaban de ser aprobados. Irán destinados al desarrollo de energías renovables, en un proyecto en el que quieren colaborar, simbiosis irrenunciable, las principales empresas de la región, entre ellas Arcelor, Duro Felguera y Hunosa. Aunque la institución asturiana acaba de ver recortados sus presupuestos en 7 millones de euros y toda aportación extraordinaria le viene de perlas, sería un error reducir el logro a una cuestión crematística. Esta de la excelencia tiene que ser una carrera no en pos del botín sino del sobresaliente académico.
El rector de Oxford aseguraba recientemente que «los políticos hablan mucho de la sociedad del conocimiento, pero no invierten nada en conseguirla». La Universidad número 100 en la clasificación mundial maneja anualmente 700 millones de euros a los que no llegan ni de lejos los centros españoles -el presupuesto de la Universidad asturiana es de 218 millones-. Y sí, el dinero es importante aunque no todo en la enseñanza. Ahí está Finlandia y su éxito educativo, más relacionado con la formación, reconocimiento y aptitud de sus maestros que con los medios de que disponen. Lo que verdaderamente hace falta es voluntad de cambio, algo que no comparten muchas veces ni los propios docentes, celosos de defender su statu quo y sus asignaturas, ni los políticos, que sólo piensan en el voto y huyen de medidas impopulares.
«No podemos darnos el lujo de tirar licenciados y doctores a la basura. Tenemos que minimizar la pérdida de inteligencia», acaban de advertir 50 investigadores españoles a propósito del escaso apoyo a la ciencia. En un escenario radicalmente distinto por Bolonia, con todos los centros europeos como potenciales rivales, perdiendo alumnos y con la losa de la crisis encima, la Universidad asturiana necesita distinguirse y ser eficiente para sobrevivir. Si además quiere dar un salto de calidad que la haga internacionalmente grande, tendrá que atraer talento, o sea minimizar su pérdida de inteligencia. Realmente, visto el panorama, el «campus de excelencia» no es una meta sino sólo el punto de partida. Queda por delante lo más complicado: rentabilizarlo.