MILIO MARIÑO
Hasta hace poco era de los que pensaban que la piratería había sido confinada a los antiguos buenos relatos y las modernas malas películas. Me parecía imposible que la calavera volviera a hondear en el mástil, pero debe ser cierto eso de que todo vuelve, porque el mar malo de Somalia es ahora lo que fue, hace quinientos años, nuestro Cantábrico; un mar sin ley lleno de piratas que asaltan, al abordaje, a los barcos que navegan con sus tesoros de pesca como antaño navegaban los que venían de las Américas cargados, según las crónicas, de cochinilla, azucares, cueros, mercancías y hasta siete millones en pesos de oro.
Aquí, precisamente, frente a la costa del Cabo Peñas, fue donde Pedro Menéndez, comisionado por Felipe II para luchar contra la piratería, avistó y dio caza a François Le Clerc, el famoso «Pata Palo», que con su bergantín «Claude» andaba al acecho de todo lo que venía de América. Eran otros tiempos, claro está, pero la situación, aunque no lo parezca, viene a ser parecida. Cunde la alarma porque la flota de Su Majestad está siendo acosada por unos piratas que la asaltan en alta mar.
No se me ocurrirá discutir, ni poner siquiera en cuestión, la ayuda que el Gobierno debe prestar al atunero vasco asaltado y secuestrado frente a las costas de Somalia. El Gobierno tiene la obligación de hacer lo que esté en su mano para solucionar el problema de la manera más satisfactoria posible. Sobre todo, por lo que respecta a la vida y la integridad física de unos marineros que se limitaban a trabajar allí donde su patrón los llevaba, que era donde había mejor pesca, simplemente, porque otros no se atrevían a ir, dado que el riesgo es mayor y la zona no está protegida.
La liberación y el retorno de los marineros no se discute, pero sí convendría discutir lo que algunos están pidiendo: que los pesqueros tengan escolta naval, o lo que, a mi juicio, sería incluso peor, que incluyan en su tripulación a soldados, o guardias de seguridad, que disuadan a los piratas de lanzarse al abordaje.
La mejor prevención para estos y otros secuestros sería que los armadores midieran adecuadamente el riesgo y no se empeñaran en faenar en lugares especialmente peligrosos. Ésa es la solución, porque enviar nuestra flota naval a Somalia o enrolar a soldados como marineros me parece un disparate por inviable e injusto. Y no me refiero sólo a lo que costaría la operación, sino a que, por la misma razón, tendríamos que enviar al Ejército para proteger a un empresario que se empeñara en construir tres bloques de pisos en la zona caliente del Congo.
El problema no se resuelve utilizando las Fuerzas Armadas para que protejan a las empresas que decidan trabajar allí donde existan intereses económicos, aun a pesar de que el país esté sumido en un conflicto. Si actuáramos así, no se yo lo que nos diferenciaría de esos piratas que tanto criticamos. De hecho, somos nosotros, los buenos de la película, los que navegamos sabe Dios cuántas millas para ir a su mar a robarles la pesca. Vamos a lo nuestro, a pescar buenos atunes para venderlos a buen precio, pero también podríamos ir, incluso con nuestro Ejército, para ayudarlos a que terminen con una guerra que ya dura décadas, alcancen la democracia y salgan de la pobreza. A lo mejor así se acababa el chollo de los piratas y los atuneros pescaban sin sobresaltos.