JAVIER NEIRA
El ex presidente de Cataluña Jordi Pujol ha devuelto a la actualidad, con la publicación del segundo tomo de sus memorias, algo sabido pero nunca analizado a fondo: el 23-F estaba planteado como una operación para poner a un militar en la Moncloa y con apoyo del Parlamento, sobre todo, de la izquierda.
A mi juicio, y siguiendo, a su vez, las memorias de Pérez Escolar, lo que de verdad estaba entonces en juego era la entrada de España en la OTAN. Por aquí y aún más por Italia pasaba una de las líneas más calientes de la guerra fría. De ahí -y allí- el escándalo del Ambrosiano, el asesinato de Moro, las Brigadas Rojas, la P-2, el intento de asesinato del Papa...
El 23-F fue el resultado de un pulso de las grandes potencias sobre la entrada o no de España en la OTAN. Se oponían, claro, la Unión Soviética y Francia, y la postulaba EE UU.
Los sectores contrarios prepararon un golpe blanco para poner a un general en la Moncloa -muy probablemente Armada- y la CIA montó el tejerazo para frustrarlo, como efectivamente ocurrió. A los seis meses del 23-F, ya con Calvo-Sotelo en la Moncloa, España decidió su ingreso en la OTAN. Por el medio, no sobra recordarlo, el terrible episodio de la colza como forma in extremis de desacreditar a los EE UU, ya que el envenenamiento se intentó atribuir a armas químicas almacenadas en la base de Torrejón de Ardoz.
La versión oficial del 23-F es, obviamente, inverosímil -¿qué sentido tenía un golpe sin apoyo internacional y al estilo de Espartero?-, y la hipótesis que apunto es más que inquietante, porque muestra que la política nacional no es en absoluto autónoma. Ítem más, el grueso de los golpistas ni siquiera fue acusado.
¿Quieren más interrogantes? Sospecho que el 11-M es lo mismo, pero ya no a cuenta de la OTAN, sino de la política militar planetaria de EE UU. Vamos, la contra de las Azores.