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Sin la venia

Castilla

n El contradictorio sentimiento de melancólico orgullo que se experimenta en territorio castellano

 
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Castilla
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CEFERINO MENÉNDEZ El puente del Día de la Hispanidad y de la fiesta nacional es una excusa tan buena como cualquier otra para visitar el norte de Palencia y recrearse en la impresionante belleza de los monumentos románicos desperdigados por su geografía con abrumadora generosidad.

En cada pueblo, casi en cada aldea, se encuentra el viajero con ejemplos notables, cuando no notabilísimos, de ese arte que, por otro lado, tan bien representa y tanto se identifica con el alma castellana, de la que su paisaje y su historia no dejan de ser asimismo acabadas expresiones.

Sobrecoge la inmensa riqueza del patrimonio cultural e histórico de Castilla y nos recuerda que mucho antes de que España gozara de su hegemonía, Castilla por sí sola llegó a ser la principal potencia europea.

Esa Castilla que lideró, continuándola hasta finalizarla, la lucha que el Reino de Asturias iniciara contra la «pérdida de España». Esa Castilla que se volcó en la conquista y evangelización de América. Esa Castilla que, en la defensa de los imperiales y caballerescos ideales de Carlos -aquel príncipe extranjero que acabó por ser el más español de nuestros reyes- y de sus sucesores de la Casa de Austria, fue desangrándose hasta el punto de justificar la afirmación de Sánchez Albornoz: «Castilla hizo España y España deshizo a Castilla».

No es de extrañar, por ello, que todo español que se precie experimente, cuando viaja a Castilla, un contradictorio sentimiento de melancólico orgullo del que tan buena cuenta supo dar el más grande poeta español -y en lengua española- del siglo XX, cuando sentenció: «¡Castilla varonil, adusta tierra / Castilla del desdén contra la suerte / Castilla del dolor y de la guerra / tierra inmortal, Castilla de la muerte!».

Si no corriera el riesgo de devenir más justo acreedor de la vallinclanesca admonición de don Latino a Max Estrella, estaría por afirmar que en el caso de los asturianos ese sentimiento es, si cabe, aun más intenso porque, a fin de cuentas, cuando viajamos a Castilla acudimos al encuentro con la tierra en la que la semilla de Asturias germinó en el árbol de España.

En fin, cuando visiten la provincia de Palencia no dejen de tomar precauciones, no vaya a ser que la sobreexposición al románico termine por ocasionarles efectos secundarios como el que acaban de leer. ¿O no?

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