ANTONIO OCHOA
Acaba de terminar la Fiesta de la vendimia en Cangas. Quizás algunos urbanícolas se pregunten cómo se puede convertir una labor agrícola en una fiesta. Porque no nos olvidemos que la vendimia es aquí un trabajo manual (y piernal y espaldal) bastante fatigoso. Nuestros viñedos son más bien escarpados, poco adecuados para la mecanización de las faenas. Por otro lado, si hubiera que contratar a gente para que las hiciera, el precio de la uva se volvería prohibitivo. Así que, cuando llega el momento, los viticultores piden ayuda a familiares y amigos que acuden sin dudar porque para eso están y porque saben que, tras la dura labor, vendrá la merecida recompensa en forma de comida, bebida y diversión. Nada hay más cercano a nuestro ideal de fiesta que un grupo de personas que se llevan bien sentadas alrededor de una mesa bien surtida.
Ese espíritu de tantas fiestas de vendimias se ha transferido con éxito a la Fiesta de la vendimia, que, por ello, se ha convertido en la segunda cita festiva de la villa. Todo un acierto de la hostelería local que permite que todos podamos compartir el ambiente que rodea a la cosecha de la uva. Este año, gracias a la colaboración meteorológica, ha habido una gran asistencia. Resultaba más rápido ir del Ayuntamiento al Corral por los Nogales que por la calle Mayor, aunque no tanto por la abundancia de visitantes foráneos, que había y muchos pero no estorbaban, sino por los visitantes nativos con los que te parabas a charlar cada dos pasos. Yo, por ejemplo, después de casi atragantarme con el vino por la prisa que me metieron para coger sitio para cenar, me cansé de esperar por el individuo que me había apurado porque se enrolló tres veces dentro del bar y tardó media hora en llegar a la puerta. Bromas aparte, sin duda lo que más me gusta de esta celebración es que te permite reencontrarte con amigos que ves pocas veces al año, bien porque viven fuera o porque viven dentro y salen poco.
La oferta de vinos y comidas fue abundante. Gracias a la experiencia de ediciones anteriores, todo el mundo procuró venir bien provisto y no quedarse sin existencias. Hubo, también, una notable oferta de artesanía, alguna realizada in situ para delicia e incredulidad de los pequeños y no tan pequeños. Me temo que dentro de pocas generaciones la mayoría no creerá que las cosas puedan «hacerse» en vez de «fabricarse».
Muchas cosas había que ver, pero recuerdo especialmente dos divertidas carrozas que suscitaron abundantes comentarios entre el público. El sábado recorrió las calles «La Cabaña de la Viña», que representaba una de esas tradicionales construcciones con sus aperos (de verdad) y su jamón y chorizos (de mentira). Pero ya el viernes al anochecer pudimos disfrutar de «El Camión de las Luces», que representaba la tradicional improvisación española, con sus prisas de última hora (de verdad) y su perfecta planificación (de mentira).
En fin, fue muy agradable volver a ver las calles y los bares con tanta gente como en los viejos tiempos y espero que esto contribuya a conservar y promover esa clase de chateo sin internet que hace mucho más que el otro por la salud psicológica y social de sus usuarios. Purguemos en la Senda del Vino cualquier exceso cometido en la ruta de los vinos y que el tiempo siga ayudando en la vendimia.