LADISLAO DE ARRIBA
Llevan ocho años llamando «misión-solidaria-democrática-aseguradora, etcétera, etcétera», lo que debería denominarse, pura y simplemente, guerra. Esta denominación da lugar a que, tanto el jefe del Gobierno como su ministra de Defensa, pierdan toda credibilidad cuando aseguran que son muchos los riesgos que supone nuestra participación en la «misión». Diciendo guerra caen en la obviedad de destacar los riesgos, pues una guerra sin riesgos es como una mar sin agua, un desierto sin arena y un jardín sin flores. Pero no quieren pronunciar las seis letras: GE, U, E, Doble R y A.
Sin embargo, los españoles tenemos presente el número de bajas que la «misión» está costando a los ejércitos integrados en la OTAN.
Ni quieren llamarla guerra, ni confesar que los afganos no admiten la democracia que los occidentales pretenden imponer.
Quienes conocemos nuestra historia podemos establecer una comparación entre estos afganos y aquellos paisanos nuestros que hace dos siglos gritaban «¡Vivan las cadenas!»
Estos dicen «¡Vivan los talibanes!», y sus mujeres (aunque las feministas se resisten a creerlo) adoran vestir el «burka».
Esta gente no nos quiere ver por allí. Pretenden que los dejemos cultivando en su huerto el opio que luego nos venden convertido en heroína; con su Corán, su Ramadán y su manera de ser.
Pero los occidentales siguen erre que erre y los soldados de nuestros ejércitos engrosando la lista de héroes y, desgraciadamente, la nómina de caídos.