LUIS ALONSO-VEGA
Ala vuelta de la esquina, el 11 de noviembre y una semana después de San Carlos Borromeo irónicamente patrono de la banca, llega la festividad de San Martín, que, para hacerlo más completo, la Iglesia le añade «de Tours». Pero hoy no toca, ni probablemente en días venideros, contar historias de santo alguno, sino relacionar estas fechas próximas con la matanza del porcino, del cerdo, puerco como algunos lo llaman, cochino como otros más finos lo apelan o, nosotros mismos como astures, el gochu. Así que, quédome con lo último y, aunque de matanza poco o nada sé, al menos la degusto.
Vínoseme a la cabeza tal acontecimiento, porque hace unos días, en un programa matinal de radio, hablaron de la matanza del gorrino y sí me acordé de dos formas de diferenciar una cosa de la otra como producto final: la sobreasada y el picadillo. «Eso», pensé yo, «el picadillo es lo mío». Y, sobre ello, me vino a la cabeza algo sucedido hace muchos años, quizá más de treinta, que invariablemente y en una casa por San Martín, se llevaba a cabo tal operación y unos cuantos amigos gustábamos de aquel producto tan selecto y no menos suculento. Entraré en detalles, porque creo que merece la pena.
Como es lógico suponer, ya entrados en el otoño, aquel amigo nuestro tenía esa buena costumbre de hacernos probar los artesanales manjares salidos del cerdo. Para tal celebración, organizaba en su casa un auténtico fiestón del que salíamos fartos hasta el alma, por mal que les suene y parezca tal expresión. Y así año tras año, del que «alguno» de los invitados incluso salía aún más beneficiado que el resto, al prepararle el amo de la casa un discreto y fantasmal paquetín con otro poco de picadillo, sin que lo supiésemos los demás. Ironía: siempre nos enteramos. Poca importancia tiene el hecho en sí, porque la gran historia comienza a continuación.
A medida que discurría el tiempo, mayor era el número de comensales: casi no cabíamos en el comedor y, como consecuencia, alguien debía quedarse sin invitación. Recuerdo a uno en concreto. Conspirando entre los comensales, a base de mantener en secreto el día de marras, hubo una sabandija que se lo contó al sibarita precisamente más «perjudicado». ¡Claro, hay que conocer al damnificado en cuestión! Porque, ni corto ni perezoso y al sentirse lesionado, dijo con la mayor naturalidad: «Esi picadillo, lo único que tien de gochu ye la mano de obra». Y así celebro yo la festividad de San Martín de Tours el 11 de noviembre de cada año: acordándome de la lejana comilona y de la cruel sentencia del no invitado.