EUGENIO SUÁREZ
Sospecho que el problema de la salud es algo relativamente reciente. El rollizo y concupiscente fraile nos dijo que, según don Aristóteles, el hombre por dos cosas labora: «La primera por haber mantenencia. / La otra cosa era haber yuntamiento con hembra placentera». O sea, llenar la panza y fornicar. Calaron menos los esfuerzos de Hipócrates y Esculapio, pues el cuidado de la salud parece algo confiado a la providencia, donde poco había que hacer salvo aplicarnos unas repugnantes sanguijuelas o proporcionarnos hierbas que provocaran el vómito. No mucho más, aunque se dieran a sí mismos el nombre de cirujanos aquellos sujetos desaseados que contribuían a acortar la vida. Los hospitales, hasta entrada la Edad Moderna, eran morideros gregarios por donde circulaban como sobre ruedas las monjas dedicadas a los últimos suspiros.
Mucho han cambiado las cosas y creo que casi se llega a la perfección a principios del siglo XX, cuando se va extendiendo la figura del médico con estudios universitarios, que visitaba a los dolientes en el domicilio. Los hospitales no diferían mucho de los almacenes de moribundos que veteaban el Camino de Santiago. Acompañé un par de veces a mi propio padre, médico encargado de sala del Hospital General de Madrid, y recuerdo pocas cosas más deprimentes que las inmensas salas donde se extinguían docenas de enfermos en camas separadas por apenas metro y medio.
Existió el llamado médico de cabecera, elegido por el paciente, verdaderos gurús cuya presencia consolaba y mejoraba a los desahuciados. La medicina socializada ha acabado con esa figura y no se concibe un doctor subiendo en ascensor o por las escaleras para tratar al doliente. Vamos todos al hospital, por la Seguridad Social o los conciertos que con ella mantienen algunas mutuas. Ha desaparecido el concepto de urgencia, salvo en el servicio así denominado, que se ha convertido en la puerta de acceso más frecuente. El facultativo de familia remite al desdichado al especialista, y no directamente, sino a través de la burocracia sanitaria, el ordenador que indica el día y la hora en que el galeno indicado tiene esa hora libre. Y así nacieron las listas de espera, que pueden demorarse, según los casos, tres, cuatro o más meses. Dudo que nadie se ponga enfermo por deporte o manía y la persona que llega viva a la cita es, biológicamente, distinta. O ha mejorado espontáneamente o ha empeorado.
Al cabo del tiempo, con la suavidad que mueve la máquina bien engrasada, acude el individuo o individua, recoge el tique que le indica el corralito donde ha de esperar y, en un tiempo prudencial, reconoce el número que le han asignado en un letrero luminoso, que indica la consulta donde llamar a la puerta. El facultativo, con aire aburrido, prescribe lo que considera oportuno y pasa al siguiente.