JAVIER MORÁN
Nos tiemblan las piernas cuando nos acercamos a la Universidad Laboral, hoy Ciudad de la Cultura, pero inicialmente promovida por un señor llamado José Antonio Girón de Velasco, camisa vieja (por favor, de esto que nadie se entere, ya que los actuales gestores del conjunto de Cabueñes se disgustan mucho y temen que entre los grupos de turistas pueda surgir algún exaltado que, o bien se cisque en Girón, o bien en los que quitaron los signos falangistas del edificio).
Ahora diremos por qué nos tiemblan las piernas al acercarnos al noble edificio de Luis Moya, pero antes tomamos de nuevo en consideración esa solicitud de la Asociación para la Recuperación de la Memorias Histórica (ARMH), que propugna cambiar el lema de «Todo por la Patria». Si Dios fue el que puso nombre a los animales, según cantaron Dylan y otros, cambiar los nombres debe de ser tarea que causa gran placer en los diosecillos que nos gobiernan. No obstante, la Ciudad de la Cultura, tal y como la conocemos, lleva ya inscrita en el rostro la misma fecha de caducidad que el PSOE de Asturias le ha estampado en la frente al presidente Álvarez Areces (salvo sucesos ulteriores que no son descartables, pero que podrían acaecer demasiado tarde, como en 1995, cuando el PSOE jugó con Trevín).
Pero no nos dispersemos: lo que queremos decir es que, cautelarmente, a la Universidad Laboral la seguimos llamando de este modo, en tanto no se aclare lo que es la Ciudad de la Cultura. Lo mismo hacemos con la denominación de metrotrén: al Principado le fastidia que se use el nombre que le puso Álvarez-Cascos, y por eso lo mantenemos; no porque se le ocurriera el ex ministro, sino por fastidiar al Principado, que, junto con el Ayuntamiento y Fomento, tiene los trenes asturianos del presente y del futuro en un manga por hombro.
En cuanto a la Laboral, vamos a ir a dar un paseo por sus alrededores. Un doloroso paseo, ya decimos, porque el Principado ha desgraciado su entorno e imagen como jamás se ha hecho con un edificio de su categoría.