CELSA DÍAZ ALONSO
Me contó Elvira que tomando un café con uno de sus conocidos humanos (esta gallina se trata con cualquiera) salió a relucir el ruinoso estado de los monumentos prerrománicos. Le sorprendió tanto la sonrisilla de satisfacción de su interlocutor que no pudo por menos que interrogarle estupefacta.
-Mi querida gallina, estoy satisfecho porque al convertir la conservación de estos edificios medio ruinosos en un asunto político se ha logrado que desprenda ese desagradable tufillo a porquería que ya empapa casi todo el orbe cultural de nuestro Paraíso Natural, lo que me permite decir en voz alta todo aquello que antes debía callar por temor a ser verbal y/o físicamente vapuleado por esa pandilla de impresentables conservacionistas.
-¿¿¿Quééé??? -Mi pobre gallina estaba al borde del colapso.
-Sí, sí. No te hagas la estrecha. ¡Que me crujan a impuestos para mantener esas cuatro piedras que sólo sirven para que unos mangantes pesebreros vivan a costa de los demás con el cuento de la conservación?! ¡Ja! Mira, eso es una aldeanada. El que quiera ir a verlos que vaya ¡allá él! Pero de ahí a ir gastando mis impuestos en adecentar esas ruinas, va un gran trecho.
Elvira, me decía, se sentía desvanecer. De su pico solo salían sonidos guturales.
-Se empieza con ayudas oficiales, después en las escuelas nuestros chavales sólo estudiarán esas piedras muertas, las facultades se llenarán de caraduras que vivirán del cuento prerrománico y la administración de personajillos que chuparán del bote hasta dejarlo seco Anda, vete por ahí fuera a decirle a alguien que eres experto en prerrománico asturiano. ¡Ja! Como mucho te contratarán como picapedrero, y eso con suerte, que esos señoritos no han pegado palo al agua en su vida, ni piensan pegarlo. ¡Si los conoceré yo! ¿Y qué riqueza generan, eh? Menos prerrománico y más centros comerciales y «parkings», que esos sí que crean puestos de trabajo y dinerito contante y sonante, y no esas milongas asturchales.
-Arggggg
-Tú, como ellos. Con tantos millones de parados, y nos vamos a gastar ahora los dineros en esas payasadas que no interesan a nadie. ¡Cómo si esto fuera la preocupación nacional!
Si alguno de nosotros fuese testigo de una conversación similar pensaría que uno de los contertulios es un auténtico mastuerzo o está para encerrar en alguna institución que vele por su salud mental. ¿Verdad? Pues lindezas tales son argumentos esgrimidos continuamente a tenor de la conservación oficial de otro bien cultural -tan bien y tan cultural como el que más- que sólo hace que recibir palos y descalificaciones continuas. Pareciera que el idioma asturiano fuese culpable de todas las desventuras que nos asuelan, y sus defensores el coco malo remalo. Si el hecho de que un bien común sea utilizado por gentes sin escrúpulos lo descalifica para siempre jamás, la vida cultural de los ciudadanos se convertiría en un impresionante erial. Denunciemos la utilización torticera, pero no perdamos nuestro patrimonio por los intereses fraudulentos de unos pocos.