FRANCISCO SÁNCHEZ
Este sábado se va a celebrar en Madrid una manifestación en contra del nuevo proyecto de ley sobre el aborto. Hasta los que vituperan esta convocatoria reconocen por anticipado que serán muchas las personas que acudan al evento y, seguramente, así será. Es que, en este debate, se suscitan cuestiones de tal envergadura como la libertad de la mujer para decidir sobre su propio cuerpo, por el lado abortista, y el derecho a la vida, por el bando contrario. Total, una nadería equivalente a la bizantina discusión sobre el sexo de los ángeles, pero en este caso de carne y hueso.
Algunos mentecatos pretenden reducir la disputa a una cuestión de simple ideología política y, además, en la más absoluta e infantil división de esta que pudiera hacerse. Son los que reconducen todo a la dicotomía entre derechas o izquierdas, equivalente a reaccionarios o progresistas, que en este caso asimilan a la Iglesia católica cavernícola o los laicos modernos y, en definitiva, a malos o buenos. Lo que hasta ahora se ha expuesto sirve por igual para muchos jerifaltes y militantes de ambos bandos, con la simple operación de dar la vuelta a la moneda.
Tan sencilla visión de este asunto -como de cualquier otro de la vida- puede ser fácilmente compartida por muchos, porque no exige el más mínimo esfuerzo reflexivo. Para los perezosos mentales es un alivio, porque así no gastan fósforo del cerebro, pero lo cierto es que esa comodidad rebaja la condición humana de los que la practican a la de una vaca, cuyo único pensamiento es si hay o no hay pienso.
La cosa no es tan sencilla. Por ejemplo, no es sólo la Iglesia católica quien apoya la manifestación, sino que también lo hacen las iglesias protestantes y las comunidades judías y musulmanas. Otro ejemplo y, por el contrario, es que los grandes teólogos, entre los que se encuentra el insigne Santo Tomás de Aquino, han discutido a lo largo de la historia cuál es el momento en que se infunde el alma al concebido y, por lo tanto, cuándo comienza a ser humano. Otro más -seguramente asombroso para algunos- es que en Rumania, cuando la dirigía el Partido Comunista de Ceaucescu, el aborto era un delito. Otro va y es que nuestro viejo Código Civil, desde 1889 hasta hoy, no considera persona sino al feto que tuviere figura humana y viviere veinticuatro horas totalmente desprendido del seno materno. Y así podríamos continuar con numerosos ejemplos tan contradictorios como los expuestos.
Bien pronto se ve que la legalización del aborto libre durante un plazo determinado -¿cuál?- del embarazo no pueda ser algo pacífico, porque afecta a cuestiones filosóficas, ideológicas, religiosas, jurídicas, económicas, científicas e históricas. La simplificación del debate, eso, sí que es un aborto, pero del pensamiento.