JOSÉ LUIS POYAL
A veces dan ganas de desapuntarse y refugiarse en el peligroso pasotismo. Esta triste y posiblemente desafortunada reflexión viene a cuento del torpe espectáculo exhibido en el Congreso con ocasión de la sesión de control del Gobierno.
La Vicepresidenta primera, a las preguntas sobre la situación del secuestro del «Alakrana», contestó con chistes sobre el «caso Gürtel». La Vicepresidenta segunda, la responsable de los Presupuestos, volvió a repetir la jugada y de igual forma recurrir a los escándalos del PP para obviar respuestas a preguntas concretas sobre partidas presupuestarias. Con el mismo talante de desprecio parlamentario actuaron el ministro del Interior y el Vicepresidente tercero.
Incurre el Gobierno en una grave irresponsabilidad al no dar explicaciones de su gestión con la excusa de la confrontación partidista. A los ciudadanos cada vez les importa menos las descalificaciones y acusaciones mutuas entre dirigentes, dentro de un escenario en el que la basura aparece con demasiada frecuencia. Es más, pueden entender que a nivel de partido se aprovechen las debilidades del contrario, pero exigen que las instituciones no se degraden y que la casta política sea consciente de que está hundiendo el sistema a base de sobresaltos diarios y muy especialmente el uso indebido de todos los poderes que pueden acabar enterrando a la sociedad civil. Las escuchas telefónicas no pueden ser práctica generalizada.
Los amos de la democracia están jugando con fuego por tanta denuncia generalizada que coloca a todos bajo sospecha. Son vergonzosas las filtraciones de sumarios, las insinuaciones sin pruebas, la benevolencia con la conducta de los propios y el rigor con los adversarios, la utilización de los medios del poder público al servicio partidista.
En esta lucha sin cuartel se ha pedido el respeto no ya al contrario, sino a los ciudadanos, al olvidar cuáles son sus prioridades. El desempleo, las pensiones, la educación, la sanidad, la justicia, los servicios sociales, las hipotecas, la emigración, etcétera, constituyen la preocupación diaria y en las que se admite la confrontación en la búsqueda de alternativas válidas.
No se puede tapar la ineficacia desviando la atención de la opinión pública hacia cuestiones socialmente marginales, en una torpe combinación de corrupción y poder. En política no vale todo, no debiera valer todo. Ni el Gobierno puede aprovecharse de las instituciones, ni la oposición, reducir su función a esperar los errores de aquél.
Si los amos de la democracia se desvían de estos principios básicos y prefieren la batalla de las respectivas trapisondas, la ciudadanía les pasará una dura factura y como mínimo se desenganchará del sistema.