JAVIER MORÁN
Está claro a lo que debería dedicarse cualquiera que desee tener el riñón bien sano y cubierto: a la bioquímica. Acaban de hacerse públicos los bienes de los ministros y Cristina Garmendia posee la bolsa más abultada.
La bioquímica Garmendia, titular de Ciencia e Innovación y discípula de la asturiana Margarita Salas, se ha dedicado aventajadamente a la empresa de las moléculas, y deducimos que de ahí han venido los nada magros ingresos.
Por su lado, la maestra Salas cuenta con el honor de haber registrado la patente más rentable de la investigación pública española, el ADN polimerasa, un duplicador del material genético, eso que hacen los investigadores televisivos de CSI cuando pillan una muestra muy pequeña en la escena del crimen. Pues bien, le echan la sustancia de Salas y el ínfimo vestigio reacciona como las palomitas en el microondas, se hincha y ya se le puede meter la jeringuilla.
Por tanto, dedíquense a la bioquímica, y si ya lo hacen y no les llegan los caudales públicos para la investigación, escuchen a la ministra Garmendia.
-¿Quieren fondos? Hagan como yo: métanse en la empresa a fondo.
Continuamos con la química. El viejo estudio «Estrategias para la reindustrialización de Asturias» recomendaba al Principado meterse por la industria química, pero lo hizo en mala hora, cuando la petroquímica fantasma de Carreño había devenido en «Petromocho» y cuando el mundo ya miraba atravesadamente a todo lo que oliera a química y el «número dos» de Saddam Hussein era conocido como «Alí, el químico» (algún malvado gijonés ha llamado al rector de la Universidad de Oviedo «Gotor, el químico», por lo de la «Semana negra»).
Pese a todo, vamos a dedicarnos masivamente a la bioquímica, ya que si El Musel se convirtiera en refugio para petroleros rotos habrá que desarrollar mucha bacteria tragamierda, para que no se la tengan que comer los gijoneses.