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Un club social muy peculiar

n En Pola del Tordillo mi amigo Tristán ha fundado un grupo de lectura en torno a Faulkner

 
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Un club social muy peculiar
Un club social muy peculiar  

MARCELINO M. GONZÁLEZ Conocí a Tristán y a su esposa, Soledad, a principios de los años noventa en una célebre cafetería ovetense. Sentados en un rincón de la barra discutían con vehemencia acerca de algo que, por su apariencia, debía de ser muy importante. Yo, cargado de libros, tan sólo había entrado a tomar un café y me situé cerca de ellos, pero no logré ni tan siquiera adivinar el tema de debate. Cuando estaba a punto de irme, ella me interpeló y me dijo «disculpe, ¿podría usted dirimir una cuestión? Mi marido y yo estamos hablando de literatura, en concreto de "Santuario" de William Faulkner. ¿Sabe usted si Faulkner fue premio Nobel?». Creo que sí, contesté, posiblemente a finales de los cuarenta... Sin pretenderlo, entré en la tertulia y durante casi una hora hablamos de su técnica narrativa y de su influencia en escritores contemporáneos como Onetti o Vargas Llosa. Fue aquélla una conversación pasional y emocionante. Soledad era visceral e intensa, lo contrario de Tristán, más taimado e introvertido. Trabamos una hermosa amistad y volvimos a vernos en multitud de ocasiones, siempre con interesantes temas sobre los que hablar, hasta que un día, hace tres años, ella se enamoró de un poeta y se marchó con él a la India. Tristán no pudo soportarlo y se enrocó en sí mismo para, al cabo de muy poco tiempo, marcharse de Oviedo a Pola del Tordillo, donde nadie supiese más de él. Tanto la quería. Sólo nosotros supimos siempre del paradero de Tristán Benítez. Ésa es la razón por la que todos los meses voy a este pueblo. Visito a mi querido amigo, le llevo algún libro, como con él y conversamos durante horas. Sólo mis visitas le sacan de esa tremenda soledad en la que Sole le dejó, de esa tristeza que tiene Tristán. Qué bromas gasta el destino, ¿verdad?

Llegó a Pola del Tordillo hace poco más de dos años, y allí se instaló haciéndose pasar por viudo. En el fondo no mentía, porque su corazón guardaba la ausencia de su esposa. Podría decirse que con mi amigo llegó un poco de civilización al pueblo, cuyos vecinos llevaban años completamente asilvestrados. Fundó el club social en un anexo de su propia casa y, aunque al principio sólo lo utilizábamos en mis visitas, poco a poco algunos de los tordillenses fueron entrando por el aro y comenzaron a parar en él. Primero lo hicieron Milagros, la eterna soltera, sin duda con motivos inconfesables y también irrealizables; Ángela, la hija y enfermera del medio muerto Argán, y también su pretendiente, Perfecto; al poco tiempo entraron Juanito y Juanón, a decir de muchos, una pareja un tanto sospechosa, y al final lo hizo Exce, el alcalde, porque evidentemente no podía quedar al margen de lo que allí pudiera cocerse. Los siete restantes aún se resisten a acercarse un poquito a la cultura, a la escasa cultura que se puede respirar en el Folner, que así se llama el club, en honor a William y a aquel primer encuentro en el café ovetense.

Como único mobiliario, el club dispone de una alargada mesa, catorce sillas, dos arcones, una lámpara de aceite colgada del techo y varias estanterías repletas de libros, la gran mayoría de filosofía y teología. Hasta tal punto había llegado el afán introspectivo de Tristán. La sala, cómo no, está presidida por un gran retrato de W. Faulkner que regalé a mi amigo en mi primera visita. Dentro de unos días, como todos los meses, iré al Tordillo y espero que alguien más se haya incorporado a las tertulias del Folner. En esta ocasión, además de algunas obras de Hesse para Tristán, llevo varias de Estefanía y de Corín Tellado para el resto. A ver si, de una vez por todas, los tordillenses se aficionan a la lectura.

Seguiremos narrándoles los sucedidos de este pueblo, pero -insisto- no quieran saber dónde está. No lo encontrarán.

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