JAVIER NEIRA
Dice Engels -siguiendo a Morgan- en «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado» que la prehistoria y la historia de la humanidad cursan en tres etapas: salvajismo, barbarie y civilización.
El salvajismo, a su vez, se subdivide en tres estadios: en el inferior, los hombres -y las mujeres- vivían al menos parcialmente en los árboles; en el tramo medio, comen pescado que preparan al fuego, y en el superior, gracias a la invención del arco y las flechas, cazan.
El paso a la barbarie -al estadio inferior o inicial de la barbarie- viene marcado por el uso de la alfarería; el tramo medio se apunta, en el este de Eurasia, con la domesticación de animales y en el Oeste, por el cultivo de hortalizas, y el estadio superior arranca con la fundición del mineral de hierro. La civilización se inaugura, después, gracias a la escritura.
El aumento indeseado de la población se controlaba durante el salvajismo mediante el infanticidio. En la barbarie, alternativamente, se empezaron a practicar abortos. La civilización debería suponer el fin de los abortos y el control de la natalidad con métodos anticonceptivos. Pero ya se ve que el aborto ha desbordado el esquema, lo que indica que o no hay tal civilización sino simplemente una prolongación de la barbarie, o, quizá, que sencillamente se ha producido un desajuste en la serie y Morgan y Engels estaban equivocados, o que, tras un tiempo de indecisión -de transición entre barbarie y civilización- la flecha de la historia retrocede, ya que está aumentando el número de abortos incluso en términos relativos, así que regresamos a la barbarie plena.
El caso es que hoy se va a celebrar en Madrid una macromanifestación contra la nueva ley del aborto que promueve ZP. Capitanea la movilización la Iglesia católica, que en este asunto decisivo sí se está mojando de verdad y, ¡milagro!, va del brazo de todas las grandes confesiones del Libro.
El trance es capital; el objetivo, bueno, y el esfuerzo, grande: sólo falta coherencia.