Hubo un tiempo en que se decía que cuando la General Motors estornudaba la economía de EE UU pillaba un resfriado. Una analogía similar puede trazarse ahora mismo entre Arcelor y Asturias. El tejido industrial asturiano se ha diversificado pero la capacidad de arrastre de la siderurgia es cada vez más grande. A finales de los años 90, Arcelor representaba el 10% del PIB asturiano. Hoy es el 12%. Da empleo directo a 6.250 trabajadores propios y a otros 2.800 subcontratados, aunque su efecto inducido es descomunal: 28.000 personas en Asturias -entre proveedores, transportistas y asalariados de otros grupos metalúrgicos con los que se relaciona- dependen de la multinacional siderúrgica. Todo ello equivale a afirmar que un tercio de la riqueza del Principado está en sus manos.
Por contra, el peso de la producción siderúrgica asturiana en un gigante como es Arcelor se diluye poco a poco. Hasta 2007, las factorías de Gijón y Avilés representaban el 16% de la fabricación de la empresa nacida de la fusión de Aceralia, Arbed y Usinor. Ahora, adquirida por el indio Lakshmi Mittal, los 3,5 millones de toneladas de acero que produce Asturias apenas significan el 3,4% del total del grupo. Arcelor es tan importante para Asturias que no hay que tomarse a la ligera cualquier cosa que le ocurra. Asturias, dentro de Arcelor, es tan ligera que si aspira a imponer sus condiciones mediante la presión marcha directa hacia el abismo. Con estos condicionantes y en un contexto de crisis como el actual, en el que todavía corremos el riesgo de ser más vulnerables, sólo tiene sentido actuar con mucha inteligencia y una prudencia exquisita para convencer a la multinacional de que el entorno le siga resultando favorable.
La siderurgia paga los platos rotos de los grandes damnificados de la recesión: la construcción y la industria automovilística. La producción ha caído a la mitad en Asturias y 2.400 trabajadores de la plantilla están sometidos a un expediente de regulación de empleo. No se veían recortes semejantes desde el drástico ajuste de la década de los 80, cuando se reordenó la empresa para garantizar su supervivencia.
Los tiempos de inestabilidad son siempre propicios para las decisiones estratégicas. Arcelor pretende ahora dar prioridad a sus inversiones en países emergentes, como Brasil o la India, con enormes perspectivas de crecimiento, y congelar, por contra, las de Europa y EE UU, con mercados maduros muy cerca de tocar techo. Las primeras medidas en esa dirección ya están en marcha. Mittal acaba de comprar un negocio de galvanizado en la India y destina 7.000 millones de dólares para conquistar terreno en el Brasil del Mundial de Fútbol y los Juegos Olímpicos. Lo que en principio es un síntoma positivo, que la empresa vuelva a expandirse, una señal de retorno a la normalidad, está convirtiéndose en motivo de incertidumbre para quienes quedan relegados. En este negocio se necesitan inversiones permanentes para modernizar instalaciones. Quien no las recibe pierde competitividad frente al resto. Y Asturias tiene varias pendientes; la principal, la reconstrucción de un horno alto, que conllevaría importantes mejoras complementarias aguas abajo y despejaría el futuro de la empresa por estos pagos como mínimo hasta el 2025.
No parece, de momento, que tras este nuevo rumbo de Mittal se esconda el peligro de deslocalizaciones en Europa. Asturias hubiera tenido motivos para preocuparse si el llamado horno alto B de Gijón, cerrado en mayo, no echa a andar de nuevo al recuperarse la demanda (como hizo en septiembre, tres meses después de su cierre) o deberá de tenerlos en los meses venideros si otras instalaciones, como cuatro de las ocho baterías de coque de Avilés, pasan a mejor vida y no reabren entre enero y abril del próximo año, como se acaba de prometer.
Fomentado el alarmismo no se va a ningún lado y con actitudes radicales, todavía menos. Tampoco hay que dormirse en los laureles. Aunque las plantas asturianas son de las más productivas de Europa y las que gozan de mayores ventajas competitivas, eso no es garantía de nada en la cambiante economía globalizada.
Desde hace 30 años, en todas las situaciones, como empresa pública en reconversión y con accionistas privados, con dueños europeos o con otros de parajes lejanos, el Principado ha sabido mantener a flote una siderurgia potente. El mismo espíritu que ha hecho posible ese milagro, que no es otro que el de la flexibilidad y el pacto, el de saber adaptarse a las circunstancias que cada momento requiere sin recurrir a las barricadas ni a los incendios, es lo que tiene que seguir prevaleciendo. Asturias ha demostrado que la apuesta metalúrgica aquí resulta productiva y rentable. Cuando escampe, no hay razones para que deje de serlo.
Si queremos que Arcelor continúe desarrollando un peso importante en la economía regional se precisan responsabilidad y destreza para redoblar el diálogo y los cauces de entendimiento mutuo. Su confianza en la región debe acrecentarse y no resentirse porque por falta de paciencia y análisis se emprendan pasos erróneos. En un caso así, caminando en sentidos contrapuestos, Asturias siempre va a ser la que más pierda.