LADISLAO DE ARRIBA
La verdad es que pocas fueron las compras que hice en la Droguería Asturiana. Iba casi todos los días, pero a hacer tertulia en el fortín sportinguista de los hermanos Peláez y Olvido Canal en la calle del moro Munuza.
Mi último barrio gijonés fue el que va desde el «Insti» a Contracay y, al salir o al entrar, era parada obligatoria echar una parrafada en la droguería de Peláez o en la ferretería de Luisín «el de la Campana».
Sesenta años más tarde de estas andanzas mías, Alfonso Peláez Canal, hijo de Luis y Olvido (tan querido ambos en mi familia), rinde homenaje al singular negocio que fue, y aún sigue siendo, la Droguería Asturiana.
Otros son los tertulianos, porque los años, inexorablemente, van causando irrecuperables bajas. Y otro es, también, el Sporting, tema constante de aquella chavalería que formábamos los de mi casa con los Sagrado, los Ron, los Díaz, Lalo Castro, Fernando Sagrado, los Ibaseta, Suárez Torga, Pedro de Silva y los hijos y nietos de doña Amalia Argüelles.
Muchas han de ser las divertidas anécdotas que el observador joven Peláez Canal (doctor en Medicina y genéticamente preparador de mejunjes y potingues) puede contar en ese libro que han prologado y epilogado dos maestros: Juan Ramón Pérez Las Clotas y Pedro de Silva Cienfuegos- Jovellanos, ejemplo permanente de mi amor a Gijón. A un Gijón que prevalece sobre la modernidad, sobre los nuevos usos y costumbres, sobre las modas efímeras, sobre los desmadres colectivos que trae el siglo XXI.
La Droguería Asturiana y los personajes de este libro homenaje pertenecen al Gijón «de toda la vida», que es, también, el mío.