LUIS M. ALONSO
Los socialdemócratas brasileños del PSDB se han dado cuenta de cómo los políticos viven cada vez más a espaldas de las necesidades del pueblo. Esto denota cierto sentido de la realidad. Otra cosa es que, aun conscientes de lo que ocurre, no estén dispuestos a volver a perder nuevamente las elecciones presidenciales de septiembre de 2010. Para evitarlo, ya han empezado a trabajar en la campaña echando mano de recursos hasta ahora inéditos en Brasil.
El problema del PSDB es que el candidato a destronar se llama Lula da Silva, un hombre que, aunque parezca increíble, todavía es capaz de entusiasmar, y junto a él es necesario derribar la imagen que el Partido de los Trabajadores ha conseguido afianzar durante los últimos siete años de mandato. Los socialdemócratas brasileños lo primero que quieren saber es cómo llegar a la mente de los electores a través de la psique, cómo despertar sus emociones sin ir en contra de los ideales en los que creen. Por eso han contratado a un grupo de psicólogos para que les digan a qué estratos sociales tienen que dirigirse con las propuestas y qué asuntos son los que se reciben mejor.
No herir la susceptibilidad del votante con mensajes indeseados resulta más decisivo para los políticos que prometer el oro y el moro. La desconfianza en la promesa electoral es algo ya arraigado por lo mucho que ha llovido. Las sensaciones, sin embargo, conviene no descuidarlas.
Esta mezcla de marketing con psicología no es que sea nueva. Sólo hay que fijarse en el caso de Bill Clinton y, más recientemente, en el de Obama. Se trata de una práctica recurrente desde hace tiempo en Estados Unidos: el mensaje por encima de la promesa electoral que pocas veces se cumple. Para ello hay que tener un retrato robot bien perfilado del destinatario. Saber a quien dirigirse en el caso de que uno pueda dirigirse a alguien, cosa que no le ocurre, por ejemplo, en estos momentos al Partido Popular en España.