JAVIER MORÁN
Tenemos en la mano uno de esos sobres que reparten en la Casa Consistorial, pues la municipalidad ha decidido convertir a los visitantes en sobrecogedores, es decir, en receptores de una sobrecogedora toallita húmeda, o «servilleta hidroalcohólica», consistente en un «potente higienizante para todo tipo de superficies con efecto residual sin necesidad de aclarar».
Dichas superficies son claramente las manos, y el «efecto residual» ha de ser la inmundicia que se les adhiere tras pasar por el Ayuntamiento. ¿Es así de dura la situación en las Consistoriales? No será para tanto, o sea, que nuestro Ayuntamiento no merecería tales ritos de purificación si no fuera por esa amenaza vaga pero real de la gripe A.
Ahora bien, nos preguntamos por qué se dispensan toallitas en la sede de la soberanía municipal y no se distribuye un «potente higienizante» en otros servicios públicos donde las manos recorren superficies y objetos mucho más trabajados por el uso común.
Por ejemplo, los autobuses municipales, que generalmente son vehículos bien limpios y aseados, pero cuyas barras de agarre pasan por toda mano de cualquier condición e infección. O también las bibliotecas públicas, donde el papel de los libros, por su condición porosa y absorbente, resulta un receptáculo ideal para las bacterias.
No entendemos por qué razón se le otorga más riesgo al paso por el salón de recepciones del Ayuntamiento que a un viaje en autobús urbano o al préstamo de un libro sobado.
Por tanto, esta intrínseca incoherencia es la que nos hace dudar de que las toallitas consistoriales sean una medida equitativa. Cabe una solución: hacerse visitantes asiduos de la Casa Consistorial y acudir a ella como a los mostradores de la Feria de Muestras cuando éramos niños, siempre a pedir algo. Así, iremos acumulando un pequeño patrimonio de toallitas, que guardaremos cuidadosamente para después viajar en autobuses o acrecentar la cultura en la biblioteca.