LUIS M. ALONSO
El que piense que golpearse con un palo es lo peor que le puede pasar a uno en un campo de golf está equivocado. Hay lugares donde los jugadores deberían pensárselo dos veces antes de arriesgarse. He leído no hace mucho cómo a un norteamericano de 77 años, al intentar recoger la pelota que se le había caído al agua en uno de los lagos del Ocean Creek Beaufort, de Carolina del Sur, fue atacado por un cocodrilo de tres metros que le arrancó un brazo. La amenaza también existe en Sun City, en Sudáfrica, donde los golfistas deben tener la máxima precaución en las inmediaciones del hoyo trece, precedido de un foso de cuatro metros lleno de estos reptiles.
No sólo los aficionados corren riesgos. Durante el Open de Golf de 1982 en el Country Club de Singapur, Jim Stewart mató una serpiente de tres metros y vio con horror cómo otra salía de uno de los hoyos. Mollie Whitaker, en el Beachwood Golf Course, en Sudáfrica, fue atacada por un mono que la intentó estrangular. En Lundin Links, de Escocia, uno de los campos considerados más bonitos, otro jugador fue atropellado por un tren cuando corría detrás de la bola en dirección a uno de los hoyos. Una línea ferroviaria atravesaba el campo.
En Elephant Hills Country Club, en Zimbabue, los campos están surcados por cráteres de morteros disparados sobre el río Zambeze. Camp Bonifas, en Panmunjom, Corea del Sur, está situado en una de las áreas más militarizadas del planeta y se lleva el premio del peligro. Cada golpe es un riesgo ya que la pelota puede caer en terreno minado y provocar una explosión en cadena. La revista «Sports Illustrated» lo calificó como el campo de golf más terrorífico del mundo.
A la vista de estos ejemplos, nadie puede asegurar, sin embargo, que el golf no sea un deporte tranquilo, saludable y pacífico, como tampoco se puede decir aún que la política en España vaya camino del abismo debido a la corrupción y la incompetencia. Pero conviene estar precavidos.