ELENA SARRIÓN FERNÁNDEZ-DIESTRO
Qué sabrán los políticos del verdadero precio que estamos pagando por esa crisis que Zapatero negaba en 2008 para ganarse votos con engaños, y que ahora se empeña en que olvidemos señalando insistente en otra dirección. Qué fácil es usar grandes palabras, invocar la solidaridad de quien no tiene más opción que pagar los impuestos, cuando ellos seguirán cobrando 6.000 euros al mes como poco. ¡6.000 euros al mes! ¿Cuántas vidas podrían cambiar mañana mismo si cada uno de ellos se redujera el sueldo a la tercera parte y renunciara a las dietas, los gastos extra y los beneficios fiscales que pagan nuestros impuestos? ¿Cuánta gente salvaría su casa, daría de comer a su familia o lograría mantener a flote el negocio que la crisis amenaza con hundir si hicieran ese esfuerzo? Pero esas cuentas, claro, no las hacen.
Ni las otras tampoco: qué pueden saber ellos que no tienen que andar echando cuentas para ver si les llega el sueldo a fin de mes, ni preguntarse si les podrán comprar la ropa o los libros a los niños, o si volverá a estar llena algún día la nevera. Qué pueden saber ellos de ver vencer los plazos de una hipoteca que no puedes pagar y al dolor de perder todo sumar la angustia de no tener adónde ir. Qué pueden saber ellos de las historias que guardan los escaparates vacíos que ahora rezan «Se alquila»: qué esfuerzos y qué sueños contemplaron ayer, cuántas vidas truncadas se esconderán calladas detrás de ese cartel. Y qué sabrán de esa tristeza que se te va asentando en la mirada cuando vas por las calles que son parte de ti y las ves marchitarse negocio tras negocio, cierre tras cierre, lentamente al principio, es verdad, pero ahora?
¿Qué pueden saber ellos que se esconden tras el cómodo escaño y la máscara de la eterna sonrisa lo que realmente significa la crisis? ¿Y por qué ha de importarles? Es tan fácil jugar al desatino, tan cómodo invocar grandes palabras cuando las sabes huecas, igual que la conciencia de quien no quiere ver que es nuestro pan, que es nuestra vida, nuestros sueños y nuestro futuro el que se están jugando cada día y el que se está perdiendo. Brotes verdes... mentira. Signos de recuperación... otra mentira. Hemos tocado fondo... Sí, como el «Titanic» que no podía hundirse y sin embargo sabemos todos cómo terminó. ¿Acaso el paro deja de aumentar...? Qué cómodo es hablar de solidaridad, de esfuerzo y de optimismo cuando sabes que, pase lo que pase, tienes asegurado tu asiento en uno de los escasos botes del barco que te empeñas en hundir; qué más te da si sabes que nunca llegarás a sentir el agua congelada rodeándote el cuello y helándote la piel, el corazón, la vida... hasta los sueños.
¿Y nosotros, qué hacemos? ¿Dejaremos que pase? ¿Dejaremos que nos lleven directos al naufragio sin quejas, sin protestas, esperando contra toda lógica que en algún momento nos miren cara a cara, nos digan la verdad (este barco se hunde, damas y caballeros) y nos señalen cuáles son nuestros botes? De nada servirá el salvavidas de 400 euros, o el del cheque-bebe, o el del plan E, D o Z, cuando el agua gélida nos hiele los pulmones y ellos estén ya lejos y a salvo con los botes. Mentira tras mentira, engaño tras engaño, con palabras sonoras y vacías van colmando, gota a gota, el vaso de la paciencia ciudadana. Y no puedo dejar de preguntarme, mientras siento crecer la rabia y la impotencia en mi interior, qué pasará cuando el vaso rebose, si seremos capaces de hacer algo por fin, si sucederá a tiempo o ya será muy tarde, y, sobre todo, si hallaremos la forma de evitar el naufragio o al menos de salvarnos porque, eso está claro ya, ellos no van a hacerlo por nosotros.