EUGENIO SUÁREZ
En realidad, Temístocles le dijo al cabreado Jerjes, «¡Pega, pero escucha!» en medio de la batalla de Salamina. Es otra la lucha empeñada, de una parte por los españoles, españolas y gente en general y de otra por esa organización, hasta no hace mucho pacífica y filantrópica que era la SGAE. Ya saben, me refiero a la Sociedad General de Autores Españoles, un organismo oficial cuyo presidente es nombrado directamente por la Administración, sin tipo alguno de selección. Era comidilla aceptada que los dichos presidentes vivían como pachás, tenían automóvil oficial y un rango en la Administración del Estado.
El fin de esa sociedad era proteger al indefenso autor, especialmente a los músicos, del uso y abuso de su trabajo. Cada pieza sinfónica, de la ópera al chotis, debería pagar un canon y la idea era justa, porque significaba, en general, un negocio para terceros, organizadores de conciertos, romerías, recitales, etcétera utilizando el trabajo y la inspiración ajena. Más tarde se incorporaron, perezosamente, algunos escritores, quizá movidos por sus agentes literarios y ya se sabe que sólo tienen agentes literarios los autores de éxito más o menos garantizado. Es como comparar a los grandes toreros y sus apoderados con el maletilla que apenas sabe firmar por jugarse la vida ente unos toros viejos y resabiados.
La sede, en Madrid, es un precioso palacete estilo Gaudí, en la calle Fernando VI, que ya se ha quedado pequeño y han adquirido, en el extrarradio, un verdadero palacio. El mecanismo era sencillo, en lo que todo el mundo conocía: teatros, salas de concierto, discotecas, fiestas oficiales o privadas, firmaban un concierto económico, que podía tener el alcance de una sola fecha, donde se anticipaban, en la medida de lo posible, el nombre de los autores cuyas piezas iban a ser interpretadas, la SGAE cobraba e ingresaba lo convenido en la cuenta de cada asociado, lo que tenía la ventaja de una administración amplia y, en general, honesta. Cualquier compositor se afiliaba, pensando en las liquidaciones anuales o trimestrales. Durante muchos años se citaba al maestro Rodrigo como el que mayores cantidades ingresaba, por el acertado «Concierto de Aranjuez». Pero también contaba el autor de un bolero, aunque sólo eso hubiera escrito en su vida.
La SGAE se ha gigantizado. Sus empleados parecen salidos de la escuela de la KGB o la STASI y nada se les escapa. Y, lo que justifica este comentario, desde hace no mucho se ha extendido el virus recaudatorio a la literatura. Por internet me acaba de llegar un manifiesto que firma el escritor José Luis Sampedro, de amplia fama, cuyos libros se venden muy bien. Protesta por la perversa intención de que las bibliotecas públicas cobren 20 céntimos por cada libro prestado.
Sobre las bibliotecas públicas y los esfuerzos particulares quiere caer la SGAE. Si tuviéramos una Administración fiable, el restablecimiento de la equidad podría consistir en hacer un fondeo serio a la fortuna de los directivos y cooperadores de esa sociedad, entre los que habrá, no me cabe duda, alguna persona decente.. Ya saben, «¡paga, si quieres leer!»
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