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Paternidad responsable

n La reacción del sector minoritario tras su derrota en la reforma de los estatutos de la Universidad

 
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JULIO L. BUENO DE LAS HERAS PONENTE DE LA REFORMA DE ESTATUTOS DE LA UNIVERSIDAD A raíz del desastre de Bahía de Cochinos JFK hizo suya una variante de un viejo dicho -«Las victorias tienen cien padres pero las derrotas son huérfanas»- para asumir a continuación responsabilidades propias y ajenas con una dignidad hoy inimaginable en la cosa pública.

Cualquiera podría haber pensado que si la aprobación de los estatutos de la Universidad de Oviedo hace seis años (por una mayoría absoluta de 159 votos nominales) fue celebrada justamente como un triunfo del consenso entre el Gobierno de la Universidad y una «oposición» sensata y responsable, la reciente aprobación (ahora también por una mayoría absoluta de 165 votos secretos) de una reforma estatutaria, elaborada con gran consenso por una comisión de consenso, podría celebrarse también colectivamente como una reedición de ese consenso que fluye natural y pragmáticamente en una institución donde es mucho más lo que siempre une que lo que episódicamente separa (salvo, claro está, cuando entran en danza proyectos personales, exotismos grupales o consignas externas).

Paradójicamente parece como si no se quisiera que celebremos discretamente un logro compartido, sino que lamentemos una pasada de rodillo del mix ahora bautizado, entre malévola y enternecedoramente, como «entorno político del rector». Pero si hubo victoria es que también ha habido derrota, digo yo. Por eso quienes se empeñaron en utilizar precipitadamente este trámite inocuo como un pulso tardío (o como un desafío temprano) -por supuesto, siempre ajenos a cualquier otro «entorno» que no sea el de la razón absoluta y los valores inmarcesibles-, han conseguido justo lo contrario a lo que parecían buscar.

Pero lejos del talante kennedyano, aquí se ha caído inmediatamente en la manida exhibición de los patéticos recursos del mal perdedor. Por ejemplo, aventurando lecturas cabalísticas de los resultados para impostar victimismo de legitimidades arrolladas donde quizá solo quepa ver ganas de imponer, pocas ganas de consensuar o imprudente electoralismo saltando al vacío.

Y es que no sólo se trata del perverso propósito de descalificar gratuitamente al coyuntural adversario, tratando de secuestrar para la opción minoritaria -todo lo respetable que se quiera, pero inequívocamente rechazada por sucesivos procedimientos democráticos- la exclusiva de derecho, razón, ética y legitimidad, patrimonio que cualquier auténtico demócrata siempre debiera considerar compartible por el resto de los jugadores. Se trata, además, del ingenuo oportunismo de reivindicar como afines, no sólo de todos los votos negativos anónimos -22- sino de arramblar a favor de inventario las más variopintas formas de abstención. Así, quienes pasan del claustro, quienes estaban ocupadísimos el día de las votaciones, quienes seguían de vacaciones o las tomaban después de un agosto a pie de cañón, quienes consideran que la reforma iba demasiado lejos, quienes la consideran ramplona, quienes ven en las concesiones lingüísticas en huevo de la serpiente, quienes, en cambio, creen que se ha sido hipoacúsico a una clamorosa demanda social, quienes consideraban imprescindible sustituir la carcundia de Santa Catalina por la progresía de Hipatia y quienes, por el contrario querríamos llevar a los estatutos el cierre categorial o a las juntas de centro la figura del hechicero... nos vemos subsumidos en una atípica integral de incierta resultante. Demasiado popurrí para tan impaciente liderazgo a la desesperada búsqueda de liderados.

Resumiendo: Aunque cuando esto se publique los eventuales lectores ya casi se habrán olvidado, rogaría que no se dejasen distraer con estas historietas menores, que la Universidad parece tener negocios de mayor enjundia que atender. (Por ejemplo, sobrevivir a Bolonia salvando los muebles, excelencia incluida). Con decir que en esta cuestión ha funcionado, con espontaneidad y sin truculencias, el trabajo codo con codo, el sentido común y el consenso cabal entre universitarios que en su día respaldaron al menos a tres de las cuatro candidaturas que concurrieron a las pasadas elecciones al Rectorado, todo está dicho. Incluso en clave electoral. Así que, lo dicho, tranquilos y a otra cosa.

Y puesto que otro dicho se niega a cerrar en falso la cuestión remarcando que «todas las derrotas y victorias tienen padres» -y si es que ha habido derrota y hay que buscar padres-, yo al menos no necesito mucho ADN diseminado para identificar al progenitor B.

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