CELSA DÍAZ ALONSO
?pues bastó con que alguien los empujara para que cedieran en sus goznes los portones blindados que en los tiempos heroicos de la casa habían resistido a las lombardas de William Dampier. Fue como penetrar en el ámbito de otra época, porque el aire era más tenue en los pozos de escombros de la vasta guarida del poder, y el silencio era más antiguo, y las cosas eran arduamente visibles en la luz decrépita.
Gabriel García Márquez El otoño del Patriarca
Así es, mi general, que cuando al final le condecoran, hasta la fanfarria suena deslucida y desganada y apenas se dan los vivas de rigor, pues bien saben los que medraron jaleando, los que consiguieron medallas, honores y favores, los que forman en primera fila, que ya no obtendrán nada de usted, y cuánto mejor no mostrar el entusiasmo de otras épocas, por lo que pueda venir después. Tal vez alguien a quien sus dádivas tocaron de muy cerca, con la palmadita campechana y paternal, se conmueva y desde el fondo, desde atrás, donde están los que no se ven ni importan, suelte una lagrimita de reconocimiento rodeado de la indiferencia o la ira, sobre todo la ira.
Y recordará, mi general, tantos años de amasar la bolita del poder, teniendo en un hilo a la historia menuda con el único designio glorioso de quien sube y quien cae del cielo de la jamancia, con sólo el esfuerzo ideológico de una prodigiosa memoria de caras, nombres y apellidos, de favores y agravios. Cuando sus edecanes imitaban sus gestos y su bigote y usted oficiaba todo lo que se cocía entre camarillas, en la oscuridad, como siempre en esta España condenada por los pecados de su historia a vivir sin luz y sin taquígrafos. Cuando su gloria de general triunfante, atiborrada de palabrería y hueca de hechos, causaba tanto asombro como su llaneza. Porque el mejor pago para usted era la admiración, la necesidad de saludarle, de sentirse su protegido, de esperar su amparo, del sordo y sórdido concurso de méritos de intrigas y adulación para ganar la cátedra de sentarse cerca de usted y la vanidad de hablar en voz alta cuando otros menores hablaban.
No podremos decir como concluía Gabriel García Márquez en «El otoño del Patriarca»:
?y ajeno para siempre jamás a las músicas de liberación y los cohetes de gozo y las campanas de gloria que anunciaron al mundo la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado.
Porque alguien habrá ahora que, sentado, deja que vayan entrando y, besando su mano, le llamen Padrino.