JAVIER NEIRA
Cuando fueron visibles las primeras pinturas de guerra, allá por el final de la pasada primavera, las dudas superaban aún a las certezas, pero tras el lanzamiento, anteayer, de un Tomahawk directamente a las zonas blandas de la jefa del PP en Gijón, creo que se han despejado todas las incógnitas: Francisco Álvarez-Cascos va a dar la batalla asturiana.
La secuencia estratégica es evidente. Primero, lucha en la familia popular gijonesa; después, en la tribu del centro derecha asturiano y, de seguido, en las infinitas y feraces praderas del Principado.
A los rivales, a los escépticos y a los que están permanentemente a verlas venir -ya se sabe: ayudar siempre al ganador pero nunca jamás antes de que triunfe- esta concatenación en ascenso quizá les parezca una curiosa versión del cuento de la lechera, pero sospecho que, por empezar en el primer escalón, a Pilar Fernández Pardo le sonará al horrísono vibrar de las trompetas del Apocalipsis. Después, ya se sabe, las postrimerías: muerte, juicio, infierno o gloria.
Álvarez-Cascos cuenta con un considerable abanico de bazas: su currículum político, que es ya leyenda entre nosotros; la debilidad de los viejos hechiceros de la tribu rival, la crisis económica que devora a los actuales gobernantes, la crisis política española, aún más grave, con traducción en Asturias aunque sea tangencialmente y, como resumen, la necesidad de una personalidad fuerte que haga frente a los gravísimos problemas que tiene esta tierra. Ojo, que lo mismo vale para España, de ahí que muchos piensen en Esperanza Aguirre para la Moncloa y no sólo por liberal, que ya sería suficiente título.
Con las primeras nieves en la cordillera Cantábrica -se han adelantado diez días, igual que el año pasado- y la Semana Grande de los premios «Príncipe de Asturias» lanzada, sale a escena un rumor que a mi juicio es mucho más.
El tiempo dirá, pero sospecho que en el PSOE astur están ya como en el núcleo duro/blando del PP gijonés.