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El cormorán

Somos el tiempo que nos queda

 
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Somos el tiempo que nos queda
Somos el tiempo que nos queda  

JAVIER MORÁN Para qué vamos a negarlo: la muerte de un niño de corta edad nos hunde en una zozobra pavorosa en cuanto nos paramos a pensar en ello. Alejandro Roces Moré, de tres años, e hijo de una compañera de este periódico, Alejandra, ha fallecido a causa de una meningitis fulminante.

«Somos el tiempo que nos queda», rezan los versos de Caballero Bonald. Adquirimos a medida que pasa la vida la serena consciencia -así lo anhelamos- de nuestra finitud terrena, y en tal punto las creencias humanas divergen entre la afirmación del alma inmortal o la convicción de que tan sólo somos polvo de estrellas. O ambas cosas a la vez. Una vez al año, con severidad y bondad, la Iglesia le dice a sus fieles: «Memento homo, quia pulvis es et in pulverem revertis» -recuerda hombre que eres polvo y al polvo volverás-.

Pero, ¿y los seres que no recuerdan todavía, que no saben que resta un tiempo, o que desconocen el tiempo mismo, porque todo en ellos es presente? La Iglesia, que pese a todos sus defectos es depositaria de una sabiduría milenaria y fundamental, no celebra funerales por los niños de corta edad. Celebra una Misa de Gloria, y las esquelas afirman sin titubeo alguno que la criatura «ha subido al Cielo». Ese niño con el presente terrenal truncado, y felizmente ajeno al tiempo que nos resta, ingresa directamente, según la fe católica, en un infinito que es todo y solamente presente.

Alejandro, alumno del Colegio de la Inmaculada desde hace unas pocas semanas, será hoy despedido con una Misa de Gloria. Sabemos que nada paliará el desconsuelo incontenible de su madre, que tenía la foto de su hijo colocada en su mesa de trabajo. Un niño sonriente y hermoso como un sol.

En fin, que pese a la Misa de Gloria, a la creencia en el alma y a todos estos andamios del entendimiento, ni el desconsuelo de su familia ni la zozobra de los que observamos encontrarán sosiego hasta pasado el tiempo. Siempre el tiempo. El que nos reste. Y Alejandro polvo será, mas polvo del que estuvo enamorada una madre.

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