JAVIER NEIRA
Otoño en el calendario, invierno en el reloj. Es curioso que se llama tiempo a la derivada en un punto del clima; es horrible oír cómo denominan climatología al sumatorio de meteoros de un momento y resulta extraño que el horario del verano se extienda a lo largo de siete meses por cinco el de invierno. Y aún es discutible en qué estación estamos, porque según se mire ahora agoniza el otoño -los Difuntos son la divisoria- y arranca un invierno que llegará hasta San Blas y no más, pero ésa es ya otra historia de solsticios y equinoccios rebeldes. Y no lo digo por las nostalgias inevitables que desata el critérium por la calle Uría con la memoria vuelta a los sesenta y Van Stenbergen, Van Looy, Derrigade y Poblet disputando sprint tras sprint en unos años pobres y felices como los que vienen si sabemos estar a la altura de las estrecheces anunciadas.
Lo que cuenta es que en Oviedo tenemos la misma hora que en Berlín, ciudad emblemática -dicho sea de paso y por repetición- de la victoria de la democracia liberal frente al socialismo real menos para la Fundación Príncipe de Asturias, que la ve como representación de la rendición por concordia de los valores más nobles frente a los fanatismos más repugnantes.
Sin embargo, señores, allí anochece dos horas reales antes que aquí. Por eso dicen que en España todo se hace tarde. Falso. Lo que ocurre es que nuestro horario oficial es disparatado. Deberíamos tener el de Londres, y ni así, porque lo correcto serían dos horas más sobre lo que fue Muro de la vergüenza y ahora lugar de encuentro según los pasteleros incorregibles. O, mejor aún, una hora única universal, ya que vivimos tiempos de globalización plena.