LADISLAO DE ARRIBA
Hace más de un siglo, Joaquín Sorolla, el pintor de la luminosidad mediterránea, ganó la medalla de oro de la Exposición Nacional de las Bellas Artes por un óleo de original denominación: "Y aún dicen que el pescado es caro"
Si el magnífico pintor viviese ahora no emplearía el adjetivo "caro" sino el superlativo "carísimo". El pescado-basura que ahora nos llega tras seis días de navegación y el que nace en las granjas acuíferas que se están estableciendo en nuestras costas "piano-pianito" tiene un precio desorbitado para su baja calidad.
Ya no quedan pexes de los llamados salvajes, pues las malas artes de pesca y la avidez de los japoneses acaban con ellos. Para distinguir los hijos de la mar bravía de los nacidos en el remanso de la piscifactoría alguien ha tenido la ocurrencia de venderlos etiquetados, para que las amas de casa sepan que no les están vendiendo gato por liebre.
Me estoy figurando a Sebastián Miranda, que todos sus días gijoneses iba a la Pescadería en busca del "pez nuestro de cada día", decirle a la pescadera: "Flora, cariño, desescámame este besuguín y también desetiquétalo, que no es para vender sino para cenar en casa esta noche".
Pregunto a los autores de esta ocurrencia: ¿Dónde y cómo se va a etiquetar a las angulas? ¿Y a los bígaros?